lunes, 6 de marzo de 2017

Mal

Cada vez que te miro, sé que está todo mal. Haga lo que haga, que en general viene a ser poco, los acontecimientos evolucionan hacia lo incorrecto. No parece que mi actitud, a todas luces absurda, retenida por sí misma cuando ni siquiera hay argumentos en contra, favorezca la progresión de mi existencia. Desde siempre me atan mis propias cuerdas, las de la irrealidad, las del bloqueo amante de su único amado: el estancamiento. Pero hay veces que, además de eso, está todo mal. 

Todo mal. 

Hay veces que te miro y sé que no puede ni intentarse, que mis bloqueos son irrelevantes frente al obstáculo de tus circunstancias. Que está mal en cualquier instante, bajo cualquier cristal con el que mire: no hay manera de acercarme sin hacer explotar las alarmas, quebrar otras felicidades. No hay manera de tocarte sin pasar por el ridículo, el rechazo y tu marginación. No quisiera estropear tu burbuja creada, pero la maldad de lo que envuelve es casi tan atrayente como su misma ausencia. 

Pero está todo mal y no hay manera de acercarse. 

Y aún es peor ser sincera y decir que no me importa la maldad de lo que haya, romperla en pedazos y hacerla un mal mayor, si con eso sacio mis ansias de entregarme a tu vileza, dure lo que dure, aguante lo que aguante. Porque sabes, como yo, que no podría durar demasiado, pero el período no le quita valor al premio (sino, tal vez, lo bueno y breve dos veces bueno).

Así que no quiero que sea malo lo que guardas, no quiero alejarme de la recompensa de tu presencia solo por estar vedada, maniatada por ti para mantenerse intacta y alejarme de la depravación. Pero no quiero que sea tachado de horrible el abandono del control bajo control, que me obligues a cerrarme el abrigo y  a resguardarme bajo el paraguas, no soporto que sea malo solo por estar prohibido y perder conciencia de sí mismo (y la pierdes a todas horas, si no no serías tú). 

Y es que es demasiado aquello a lo que llamas malo, y aunque seas Vida no dejas que viva. 


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