Tengo entendido que estas son las horas del sueño. Hay un silencio brutal y yo no quiero volver a la cama, porque sé que en cuanto apague la luz y cierre los ojos no habrá vuelta atrás: un segundo después miraré al techo y ya será de día, otra vez. Y cuando es de día hay conversaciones que mantener, encrucijadas que solventar, mentiras que mantener. Y no quiero eso, porque de momento estoy bien así, en medio del agujero del silencio, el sedoso y calmo misterio de la soledad pausada.
A estas horas nadie espera nada de mí porque todos están sumidos en la disparidad de los traumas de sus vívidos sueños, luchando contra dientes que se caen, barrancos sorpresivos en mitad de una carrera, pies de plomo al precisarse de plumas y diálogos soñados en medio de relieves móviles concupiscentes. A estas horas el mundo se ha detenido un poco, como una tregua concedida al terror del día a día, como una necesidad vital de la hipertensión rutinaria que necesita morirse un poco cada noche después de la cena, para no colapsarse a sí misma.
Son horas demasiado intempestivas como para que me importen las desventuras de las horas altas, porque no hay nadie mirando y el mundo ha dejado de ejercer función de juez. Parece que el mundo esté algo muerto ahora, sabiendo que tendrá que volver a despertar pero rogando internamente por no hacerlo. El mundo quiere quedarse para siempre en la muerte de la noche, pero no es lo suficientemente valiente como para no abrir los ojos nunca más.
La noche, estando yo aquí sola, es toda mía y pareciera que va a durar para siempre. Los días, en cambio, se escurren y te dejan vacía tras su paso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario