lunes, 20 de marzo de 2017

La muerte y la noche

Tengo entendido que estas son las horas del sueño. Hay un silencio brutal y yo no quiero volver a la cama, porque sé que en cuanto apague la luz y cierre los ojos no habrá vuelta atrás: un segundo después miraré al techo y ya será de día, otra vez. Y cuando es de día hay conversaciones que mantener, encrucijadas que solventar, mentiras que mantener. Y no quiero eso, porque de momento estoy bien así, en medio del agujero del silencio, el sedoso y calmo misterio de la soledad pausada. 

A estas horas nadie espera nada de mí porque todos están sumidos en la disparidad de los traumas de sus vívidos sueños, luchando contra dientes que se caen, barrancos sorpresivos en mitad de una carrera, pies de plomo al precisarse de plumas y diálogos soñados en medio de relieves móviles concupiscentes. A estas horas el mundo se ha detenido un poco, como una tregua concedida al terror del día a día, como una necesidad vital de la hipertensión rutinaria que necesita morirse un poco cada noche después de la cena, para no colapsarse a sí misma. 

Son horas demasiado intempestivas como para que me importen las desventuras de las horas altas, porque no hay nadie mirando y el mundo ha dejado de ejercer función de juez. Parece que el mundo esté algo muerto ahora, sabiendo que tendrá que volver a despertar pero rogando internamente por no hacerlo. El mundo quiere quedarse para siempre en la muerte de la noche, pero no es lo suficientemente valiente como para no abrir los ojos nunca más. 

La noche, estando yo aquí sola, es toda mía y pareciera que va a durar para siempre. Los días, en cambio, se escurren y te dejan vacía tras su paso.



lunes, 6 de marzo de 2017

Mal

Cada vez que te miro, sé que está todo mal. Haga lo que haga, que en general viene a ser poco, los acontecimientos evolucionan hacia lo incorrecto. No parece que mi actitud, a todas luces absurda, retenida por sí misma cuando ni siquiera hay argumentos en contra, favorezca la progresión de mi existencia. Desde siempre me atan mis propias cuerdas, las de la irrealidad, las del bloqueo amante de su único amado: el estancamiento. Pero hay veces que, además de eso, está todo mal. 

Todo mal. 

Hay veces que te miro y sé que no puede ni intentarse, que mis bloqueos son irrelevantes frente al obstáculo de tus circunstancias. Que está mal en cualquier instante, bajo cualquier cristal con el que mire: no hay manera de acercarme sin hacer explotar las alarmas, quebrar otras felicidades. No hay manera de tocarte sin pasar por el ridículo, el rechazo y tu marginación. No quisiera estropear tu burbuja creada, pero la maldad de lo que envuelve es casi tan atrayente como su misma ausencia. 

Pero está todo mal y no hay manera de acercarse. 

Y aún es peor ser sincera y decir que no me importa la maldad de lo que haya, romperla en pedazos y hacerla un mal mayor, si con eso sacio mis ansias de entregarme a tu vileza, dure lo que dure, aguante lo que aguante. Porque sabes, como yo, que no podría durar demasiado, pero el período no le quita valor al premio (sino, tal vez, lo bueno y breve dos veces bueno).

Así que no quiero que sea malo lo que guardas, no quiero alejarme de la recompensa de tu presencia solo por estar vedada, maniatada por ti para mantenerse intacta y alejarme de la depravación. Pero no quiero que sea tachado de horrible el abandono del control bajo control, que me obligues a cerrarme el abrigo y  a resguardarme bajo el paraguas, no soporto que sea malo solo por estar prohibido y perder conciencia de sí mismo (y la pierdes a todas horas, si no no serías tú). 

Y es que es demasiado aquello a lo que llamas malo, y aunque seas Vida no dejas que viva.