martes, 2 de mayo de 2017

Carta a algunos

No te vayas a pensar que estoy sentada esperando, ni aunque me percibas ausente mirándote hablar, la subida y la bajada de tus mandíbulas, tan continuas, tan bien formadas, tan como todas las demás. No creas que mirar alrededor ansiosa implica que me quiera ir, pero no quiero que el resto sepa que estoy aquí, porque siempre hay una razón para no querer que alguien sepa dónde estoy. No quisiera morir viendo tus ojos brillar porque no quiero que lo último que vea arder sea un ficción. Y para no morir debería, tal vez, abrir los ojos y dejar de imaginar, pero estás hablando y no querría interrumpir el hilo de lo que te entusiasma.

Y no tengo claro de qué manera podría el mundo volverse amargo si me deshago de tus vistas sobreexplotadas, marginadas y rescatadas, todo por mí a la vez, al compás de la ausencia. Y pienso que, a estas alturas del mundo, todo vuelve extrañamente a tus gustos, seas quien seas, si en algún momento te quise más que a los solitarios trayectos en metro, y si eso ocurrió entonces es suficiente para que me pregunte, perdida en la obsesión de que lo que desaparece, cómo podrías estar después de tanto tiempo. 

Y es que vosotros ardéis y os consumís dejando humo asfixiante en mis horas, igual que yo ardo y me consumo en otras vidas, en otras donde el humo se disipa con mucha más facilidad. Pero mis pulmones se atan al gas como al último hálito de vida, sin ser capaces de ver más allá, matándose con la ausencia de figura, aferrándose al aire, y ya no queda nada.

Y me gustaría verte aunque sea al amparo del segundo, para asociarte a un fin y que puedas malinterpretar mi sonrisa, al igual que malinterpretarías estas palabras, para saciar lo que no compete a mi imaginación. 




domingo, 23 de abril de 2017

O no

Sé que desempeñamos un mutuo impacto, y que ahora me has mirado y al segundo siguiente ya no, y pasan las horas y ahora somos amigos (¿o no?) y ahora nos reconocemos entre las caras desconocidas que en el fondo forman una sola, y más adelante me distinguirás entre esa fusión y me querrás saludar (¿o no?) y ahora dudo aún más de la existencia de nuestro impacto, y ya no sé qué pensar, si me retienes bajo el cristal del cariño, el del olvido, el del dolor sentimental, el de la sorpresa inoportuna...

...y más allá te tengo a ti, después de años de secreta conmoción, parecieras mi correlato humano en esta vida mal organizada, pero en el fondo te miro y no sé si te has cansado, porque resulta imposible pensar lo contrario (¿o no?) y que la amistad no recurra a veces del olvido para aletargar sus dolores y en el fondo es indudable (¿indudable?) que estamos aquí bajo cualquier circunstancia, pero te miro y no entiendo qué ocurre, ni qué piensas, ni si me guardas el cariño de la rutina o el de la amistad que se mantiene viva...

...y luego estás tú (¿o no? ¿seguro que estás?), que no sé lo que quieres, para variar, qué pretendes, para qué necesitas que yo exista, cuál es la utilidad de mantenerme viva en tu vida... y esa ambigüedad en tus palabras, en tu forma de abrazar, de saludar, de mantenerte al margen, de aparecer de la nada me vuelven loca, me lanzan al vacío del nulo entendimiento, porque me mata no saber qué en tus palabras es calco y muletilla y qué ha pasado intacto el filtro de lo genuino para que yo pueda escucharlo (¿o no?)...

...y ya llegamos a la clave, a tu prototipo, y ahora estás ahí, despreocupado y siendo mi antítesis (¿o no?), haciéndome sentir tan feliz y tan triste, tan en el lugar al que pertenezco y tan al borde del abismo de la realidad, tan irrelevante y tan necesaria, que pareciera el conocernos algo sublime y estrepitoso, de tal forma que cuando te veo no entiendo, de ninguna manera, para qué quieres mantenerme orbitando en tu rutina (¿o no?), mientras que todo lo que creo se desvanece y renace a cada instante, reinventando en mi cabeza lo que sentimos, si es que alguna vez sentimos, porque a veces las personas solo son una herramienta para rellenar las horas huecas y los trayectos desolados...

...y todos, todos, todos, sois un misterio en mis pensamientos, un hachazo a la racionalidad que me dirige, todos volcáis en mí un cariño y un odio y una indiferencia de los que siempre recelo, el dolor de querer y no entender qué ocurre en el sentimiento de vuelta...

(... en mi mente no hay puntos)



lunes, 20 de marzo de 2017

La muerte y la noche

Tengo entendido que estas son las horas del sueño. Hay un silencio brutal y yo no quiero volver a la cama, porque sé que en cuanto apague la luz y cierre los ojos no habrá vuelta atrás: un segundo después miraré al techo y ya será de día, otra vez. Y cuando es de día hay conversaciones que mantener, encrucijadas que solventar, mentiras que mantener. Y no quiero eso, porque de momento estoy bien así, en medio del agujero del silencio, el sedoso y calmo misterio de la soledad pausada. 

A estas horas nadie espera nada de mí porque todos están sumidos en la disparidad de los traumas de sus vívidos sueños, luchando contra dientes que se caen, barrancos sorpresivos en mitad de una carrera, pies de plomo al precisarse de plumas y diálogos soñados en medio de relieves móviles concupiscentes. A estas horas el mundo se ha detenido un poco, como una tregua concedida al terror del día a día, como una necesidad vital de la hipertensión rutinaria que necesita morirse un poco cada noche después de la cena, para no colapsarse a sí misma. 

Son horas demasiado intempestivas como para que me importen las desventuras de las horas altas, porque no hay nadie mirando y el mundo ha dejado de ejercer función de juez. Parece que el mundo esté algo muerto ahora, sabiendo que tendrá que volver a despertar pero rogando internamente por no hacerlo. El mundo quiere quedarse para siempre en la muerte de la noche, pero no es lo suficientemente valiente como para no abrir los ojos nunca más. 

La noche, estando yo aquí sola, es toda mía y pareciera que va a durar para siempre. Los días, en cambio, se escurren y te dejan vacía tras su paso.



lunes, 6 de marzo de 2017

Mal

Cada vez que te miro, sé que está todo mal. Haga lo que haga, que en general viene a ser poco, los acontecimientos evolucionan hacia lo incorrecto. No parece que mi actitud, a todas luces absurda, retenida por sí misma cuando ni siquiera hay argumentos en contra, favorezca la progresión de mi existencia. Desde siempre me atan mis propias cuerdas, las de la irrealidad, las del bloqueo amante de su único amado: el estancamiento. Pero hay veces que, además de eso, está todo mal. 

Todo mal. 

Hay veces que te miro y sé que no puede ni intentarse, que mis bloqueos son irrelevantes frente al obstáculo de tus circunstancias. Que está mal en cualquier instante, bajo cualquier cristal con el que mire: no hay manera de acercarme sin hacer explotar las alarmas, quebrar otras felicidades. No hay manera de tocarte sin pasar por el ridículo, el rechazo y tu marginación. No quisiera estropear tu burbuja creada, pero la maldad de lo que envuelve es casi tan atrayente como su misma ausencia. 

Pero está todo mal y no hay manera de acercarse. 

Y aún es peor ser sincera y decir que no me importa la maldad de lo que haya, romperla en pedazos y hacerla un mal mayor, si con eso sacio mis ansias de entregarme a tu vileza, dure lo que dure, aguante lo que aguante. Porque sabes, como yo, que no podría durar demasiado, pero el período no le quita valor al premio (sino, tal vez, lo bueno y breve dos veces bueno).

Así que no quiero que sea malo lo que guardas, no quiero alejarme de la recompensa de tu presencia solo por estar vedada, maniatada por ti para mantenerse intacta y alejarme de la depravación. Pero no quiero que sea tachado de horrible el abandono del control bajo control, que me obligues a cerrarme el abrigo y  a resguardarme bajo el paraguas, no soporto que sea malo solo por estar prohibido y perder conciencia de sí mismo (y la pierdes a todas horas, si no no serías tú). 

Y es que es demasiado aquello a lo que llamas malo, y aunque seas Vida no dejas que viva. 


viernes, 17 de febrero de 2017

El manejo del caos

Hay una sensación que me vuelve loca, un susurro distante que sacrifica mi sensatez. Un aullido yermo que serpentea entre las llamas de mi necesidad. Lo yermo viene por lo desolado, y las llamas refieren a mi caos. Mi caos no tiene un origen distinto al vuestro, sólo se siente de manera diferente. Esto es inevitable porque no contemplo otra cosa que arder cuando me encuentro bajo la presión de vuestra presencia, pero indudablemente todos ardemos de formas diferentes. Habrá quien arda en sus entrañas y contemple al mundo bostezar, ajeno al desastre. Los hay que vuelven al mundo en su contra por dejar que las vísceras incendiarias arrasen episódicamente momentos irrelevantes de otras vidas. Otros, como yo, nos consumimos gritando en silencio y a veces gritamos de verdad, como un bramido intermitente, y a ratos dejamos de ser y perdemos la consciencia, para seguidamente abandonar el suplicio aparente y pasar al suplico sonriente, siempre de manera interrumpida, irregular, confusa.

Así, a modo de introito blasfemo, resultan mis sentidos explicados. Es blasfemo porque condena lo sagrado de la norma, que tanto gusta a todos. La norma me resulta opresiva en tanto que impone los horarios de mi vida, la dirección de mis sentimientos, el abrazo a lo impertinente del disfrute de la humillación. No participo de la visión unilateral de la falta de ambigüedad en las personas, prefiero verlas como la multitud de decisiones precarias y dudosas que han constituido su día, como las acciones de seguridad aparente que reflejan el contrario de su ética más certera, llevadas a cabo por la indecisión, el miedo o la ignorancia.

De este modo, en la blasfemia a la sacra inmutabilidad, me pierdo cuando hablamos, tú y yo, aquel y yo, ese desconocido y yo, siempre nosotros, porque me resulta inescrutable la variedad inmensa de posibles razones por las que miras, y eso me pierde en un segundo, en menos incluso, en lo que tardas en mirar, porque podrías estar mirando por demasiadas razones, por tantas que resulta complicado de puro enrevesado.


Pero el susurro distante sigue ahí y yo no quiero arder. La verdad es que todos los caos, el mío y el vuestro (el tuyo), tienen el mismo origen, pero cada uno lo organiza como mejor cree que le conviene, de ahí nuestras diferencias y disputas. Habrá quien amontona los retazos discordantes de sus recuerdos y los agolpa sin piedad, para que ocupen lo menos posible, esperando al momento en el que revienten de puro agobio. Los hay que los dejan crecer, embestir el mundo externo para rechazo del mundo que los recibe con asco y hastío. Otros, como yo, los despedazamos y juntamos los retales, creando horrores nuevos, mejoradas formas de disgusto, que a veces se calman en el desorden y otras resurgen arañando las entrañas, agudizando el caos y la mentira, las acciones erradas, los chillidos en las llamas. 


viernes, 13 de enero de 2017

Desnudez

Puedes dejar pasar minutos y horas, abandonándote a la búsqueda de aquello que te oculte, dejándote al declive de la estética programada, pero esa nunca será la solución. Quizás, tal vez, que quieras ocultarlo sea el verdadero problema. Puedes estar días varado ante un falso dilema de colores y formas, desfilando como payasos sin huesos ante la cama arrugada, y cuando acabes de decidir no habrás rellenado ningún vacío. 

En realidad, solo buscas las formas de la tela para disimular las tuyas propias, tanto la falta como el exceso, o el punto adecuado (que en el fondo es siempre adecuado) que a tus ojos torna a falta o exceso. Porque en ellos siempre se verá reflejada la vergüenza impuesta por obligarnos a esconder lo que nos sustenta, la piel que nos envuelve, la actitud que no creemos tener: la belleza que nos obligan a ignorar.

Así, con el paso de los días nos habituamos a maquillar la variedad, haciéndola uniforme al gusto de nadie. Y tenemos a la piel recluida en nuestro propio silencio traidor, los recovecos de las curvas atrapados o engrandecidos en la ausencia de movilidad, como hastiados de nosotros mismos e impidiendo respirar a cualquier ángulo que pueda escaparse del esquema. Pareciera que queremos matar a nuestra piel y sustituirla con otra más sintética y colorida, más al gusto de aquellos que aman la uniformidad y el encubrimiento de lo que somos. 

Pareciera, en verdad, que somos criados en un ambiente de repugnancia brutal, donde el cuerpo de otros nos ofende por la inercia generada por aquellos a los que primero vemos ofenderse. 

Y resulta incómodo luego, en la soledad de la desnudez, quedarse a solas con lo que llevamos todo el día tratando de disfrazar, mirando a los ojos de la piel, tratando de fingir que no nos avergonzamos de él.