sábado, 26 de diciembre de 2015

Mirar

(Extracto)


Cada vez que cierro los ojos o evado mi consciencia perdiendo el mirar, veo la misma imagen. Cada vez que mi pensar se adormece, me asalta la misma figura inconsciente, furtiva, afectuosa. Y cada vez que eso ocurre yo caigo de nuevo en el vano suspirar de los corazones inermes.

No es más que la imagen de un rostro, como cualquier otro, (nariz, boca, ojos, mejillas, frente esculpida en tersa piel de porcelana), o de unas manos con dedos como juncos del río, pero más blancos, más poéticos si cabe.

No es más que la imagen de una figura que danza, como las olas de la mar (como Hemingway decía, usamos el femenino cuando la amamos), que se mueve al ritmo pegadizo de la música intensa a la que le adjudicas escenas sin pensarlo apenas. Como un instinto surgido de la vocación que te arde en las entrañas.

No es más que una imagen que fluye como luz en mis pensamientos más nimios, una obsesión decadente que me acompaña en mis más perversas conjeturas. Y me sostiene en vilo con su sonrisa abierta y franca, o con su impulsividad ciega y arrolladora, que me consume placenteramente sin apenas resistencia.

No podría dejar de mirar ni aunque quisiera. No tengo más remedio que volver mi rostro hacia esa imagen una y otra vez, guardando cuidado de no resultar evidente mi curiosidad insaciable de conocer cada pliegue de su faz. No soy dueña de mis actos cuando caigo presa de los colores que componen su mirada. La expresión de su rostro muda y torna a cada instante, y todo yo y mis temblores estamos demasiado atentos a cada una de sus modificaciones como para dejar de mirar.

Pudiendo haber en mi mente otras imágenes más hermosas, las desprecio todas.

Estando de lleno en el más bello de los paisajes o encerrada en una habitación repleta del más cautivador arte, no podría dejar de mirarte.


"Your face is like a melody"



viernes, 13 de noviembre de 2015

Paz en la conciencia

                Ha llegado por fin. Surgida de un pasado tan remoto que ni siquiera puedo asegurar que existiera, aparecida como un milagro entre las nieblas de la ansiedad, mostrándose más íntegra y segura de lo que yo nunca llegué a serlo, serenando los ánimos al tiempo que avanza aplacando miradas exhaustas con su tierna actitud, ha llegado. Por fin.

                La paz en la conciencia, esquiva como un insecto nervioso, al acecho del movimiento sorpresivo, huidiza por tensiones rasgadas, débil como un ansioso estúpido, altivamente arrogante en sus casi nulas recompensas, ha llegado. Me ha llegado a mí, sorprendentemente.

                Esta paz no es plena, ni abarcadora de toda mi existencia ni hacedora de una felicidad inexistente, pero está. Está en forma de una realidad evasiva que esboza pinceladas en mi ánimo, de genio invisible que guía mis pasos cuando no hay nadie a mi lado (los guía sorteando hábilmente la melancolía), de belleza inopinada aparecida en el rincón más antiestético.

                Ha aparecido en forma de mar calmado que aplaca las tormentas del ánimo, las locuras del mirar y el momento, las transfusiones colectivas de desesperación y odio, tan comunes, tan mezquinas y tan naturales.

                Ha aparecido, y su mera presencia apacigua el ánimo y embellece las pasiones. Solo ella puede, ahora, dejarme disfrutar de las noches.

                Es esta paz la que ahora gozo y cultivo para que, sobre todo, nunca se le ocurra volver a huir y abandonarme en el cruel destierro de la angustia insomne.


domingo, 23 de agosto de 2015

¿Aún?

¿Existe? ¿Ha muerto o aún perdura? ¿Seguirá vivo para siempre, como en los cuentos, o murió tras dos semanas, algunos llantos y una conversación entre amigos? No, nada, absolutamente nada de lo que pudieras encontrar en este mundo, es como en los cuentos. Ni los rostros, ni los sentimientos, ni las miradas, ni las sonrisas. Pero sí, hay un término medio entre el olvido absoluto y la candidez de las historias para niños.

Por eso, vuelvo a preguntar: ¿aún existe? ¿Queda algún resquicio de las emociones pasadas? Un escalofrío intempestivo, un recuerdo fugaz que nos entristezca, un zumbido de fondo que nos susurre: ¿y si...?

A lo mejor una resurrección de nuestro modo de pensar (más frío y maduro, tal vez), o una sensación de desamparo por el intento fallido, o una indiferencia que no conocíamos en nosotros. Quizás algo más triste y bonito que todo aquello: tristeza constante de segundo plano que empañe nuestras sonrisas, una mirada entre feliz y perdida, un anhelo sombrío que reaparece en los momentos de mayor silencio. 

Pero yo aún sigo pensando en ello: ¿resurge en ocasiones o ya fue acallado para siempre? ¿Son los sentimientos una constante de variables proporciones en nuestra vida o pueden silenciarse para siempre? ¿Se siente igual de intenso (no, eso es imposible) o ha mutado a una emoción más resignada, pero igualmente dolorosa? ¿O tales sentimientos no llegaron más que a un inmediato alivio ante una situación que realmente no fue para tanto?

En general, ¿podemos olvidar lo que en determinado momento nos obsesionó, aunque levemente fuera? No lo creo. 

En resumen, tan solo esto quisiera yo saber: ¿ha muerto o aún perdura?



martes, 28 de julio de 2015

Si alguien

Si tan solo dejara de existir esa tensión, esa fuerza desquiciada que mantiene mi mente en vilo y no le deja descansar. Si tan solo alguien apareciera de entre los escombros de la sociedad y me ayudara a acallar las voces que no cesan, haciéndome sentir parte de algo útil, constructivo y ajeno a todo (o casi todo) lo hasta ahora vivido. Si tan solo alguien pudiera explicar lo que sucede y acallar mis dudas y catastróficas versiones internas, que a cada minuto que pasa crecen y se multiplican en el interior de mi cerebro consumido.

Si alguien pudiera explicarme cómo se ríe y se siente esa risa sin fingirla. Tan sencillo como el propio respirar, tan espontáneo parece resultarles a algunos (que retozan en esa risa y la alimentan y la crean como si nada fuera) y a mí me cuesta la vida y la sangre participar en ella, y cuando acontece me sorprendo yo misma y cesa entonces la risa de la propia sorpresa. 

Si alguien pudiera venir y explicarme, amablemente, sin prisas, cómo se siente sin pensar y sin hacer daño a nadie (ni daño ajeno ni daño propio, todo cuenta y todo lo siento). O minimizarlo con la capacidad, para la mayoría innata al parecer, de la tierna sonrisa tranquilizadora, del progreso sistemático que cada relación conlleva, de la capacidad social que todos encarnan, que todos conocen y con las que todos nacieron. Menos yo.

Si tan solo alguien me hiciera el favor de tratar de entender que ni puedo ni me resulta fácil, y que la inestable y predecible estructura sobre la que se edifican las relaciones humanas (incluso las que deberían serme más fáciles y llevaderas) es terreno enemigo para mí, suelo traicionero del que no entiendo absolutamente nada y que me hostiga y juega conmigo de mala manera, mientras rehúso a caer completamente ante él. sería un alivio. 

Desearía poder serme útil a mí misma.


jueves, 18 de junio de 2015

Explicar

Soy yo la única que puede llegar y explicar, llegar y llorar, llegar y entender. No. Solo llorar y explicar. El entendimiento mucho me temo que lejos queda de mi alcance. Explicar el peso opresivo que me arranca las entrañas de sus cavidades y las quema, las quema, las quema. No es unilateral el sufrimiento, nunca lo es. He sido capaz de sumirme en la indiferencia porque tal y como dije en una anterior ocasión, tengo el corazón congelado. Las pasiones saltan en el aire y quedan allí marchitas si yo lo deseo. Es la ausencia de todo, siempre va a ser así, como una maldición que consiste en el máximo autocontrol. 

El problema surge ahora, cuando el tiempo ha pasado y olvido las emociones suspensas en el aire, las descuido y éstas se rebelan contra mí: me comen, me quiebran el alma. Lo siento. Ahora lo siento. Soy un robot con las emociones sujetas a un cruel efecto retardado, que vienen cuando ya a nadie le importa, cuando la relación ya está muerta, cuando las personas han conseguido olvidar el dolor y reniegan de mi figura. 

Siento una asfixiante sensación de anhelo tardío, de vacío, de recuerdos amargos que me recuerdan a cuando todo era más sencillo y él aún quería saber cómo estaba, o si estaba o iba a estar o lo que fuera, pero de cualquier modo siempre quería. Yo también quería. 

No sé nada: si he hecho daño con mis palabras o actitud, si he sido comprendida, si no le importa a absolutamente nadie, si se me ve con desprecio, si he hecho mal en cualquiera de los modos que me imagino (que son muchos y muy variados: cada vez que lo pienso, más diversidad de terribles consecuencias hay en mis hipótesis). Nada sé y me está matando.

Por primera vez en mi vida, me odio y exalto mi bajeza como persona, busco mi empatía por todos los rincones de mi alma y no la encuentro, no soy capaz de verla donde debería haber estado cuando la necesité. Correr y correr, esa es la clave cuando huyes como una cobarde. Pero cuando te pares, verás. Cuando te pares, te odiarás. Y nunca, jamás, se puede huir de uno mismo porque la culpa te persigue allá a donde decidas esconderte. La indiferencia no es una opción válida a largo plazo.

Quiero volver a la comodidad anterior. Quiero poder explicar que no sé lo que me ocurre, esa falta de coherencia (¿¡no puedo amar!?) en mi corazón, que odio ser yo y mantenerme sujeta a mis propias leyes absurdas surgidas de la más estricta razón, que los días se prolongan en sí mismos faltos de sentido. Explicar, más que nada, que odio haber acabado con todo.

Como un hachazo.