No sé cómo será cuando recobremos
la cordura, y descubramos que construimos relaciones sobre sangre y cenizas.
No quiero pensar cómo serán
nuestras miradas cuando ya no haya nada y notemos el vacío y el miedo de no
poder recuperar lo que antes nos llenaba y exaltaba y creaba y vencía nuestras
reticencias.
No quiero y no lo haré, porque
por el momento aún estamos locos y nos hemos amoldado a nuestra demencia como
si de un bálsamo se tratara, y mientras dure (y dure y dure) podría salir ahí
fuera a gritar que yo también he caído por tu culpa, y, la verdad, me encantar
caer y morder el polvo, porque en este juego ganar es ser vencido, pero perder
es el olvido.
Sí, por el momento aún estamos
tan desequilibrados como bufones que solo bailan entre sí: es la danza del
desvarío, que nos vuelve ciegos y sordos a las quejas del mundo. Es el insomnio
de las noches, los sueños centrados en mi locura, tan insistente como
placentera: una y otra vez el mundo gira y se centra en ti porque la
perturbación mental es contagiosa y, cariño, por tu culpa ahora todo el mundo
ríe.
Cuando los preliminares cesen y
tú y yo dejemos de bailar separados, no dejaré que acabe jamás. Porque no
valdría la pena descuidar nuestra demencia y caer en la amargura, cuando tan
sencillo es amar y ser amado (¿no ves que nacimos para esto? El mundo avanza y
avanza, pero eso nunca cambia. Somos un eslabón más de la cadena infinita que
aquello que nunca jamás mutará.)
Por el momento estoy tirada en el
campo de batalla, y después de tanta estocada siento que solo quiero quedarme
aquí, respirando polvo y esperando a que me digas que me has vencido y que, por
tanto, he ganado. Pero todavía no acaba y la refriega sigue y sigue y
sigue, y aunque todavía no es hora de caer, siento que queda poco porque el
tiempo se agota y las semanas pasan y te llevan consigo cada vez más y más lejos.
Y eso no puede permitirse. Así
que me levanto, cojo mis armas y sigo luchando con los ojos cerrados, y es que
me da miedo atacar…
Porque, como ya dije una vez, aquí
herir a tu rival es como abrir un tajo en tu propio corazón.