lunes, 26 de mayo de 2014

La Batalla (II)

No sé cómo será cuando recobremos la cordura, y descubramos que construimos relaciones sobre sangre y cenizas.

No quiero pensar cómo serán nuestras miradas cuando ya no haya nada y notemos el vacío y el miedo de no poder recuperar lo que antes nos llenaba y exaltaba y creaba y vencía nuestras reticencias.

No quiero y no lo haré, porque por el momento aún estamos locos y nos hemos amoldado a nuestra demencia como si de un bálsamo se tratara, y mientras dure (y dure y dure) podría salir ahí fuera a gritar que yo también he caído por tu culpa, y, la verdad, me encantar caer y morder el polvo, porque en este juego ganar es ser vencido, pero perder es el olvido.

Sí, por el momento aún estamos tan desequilibrados como bufones que solo bailan entre sí: es la danza del desvarío, que nos vuelve ciegos y sordos a las quejas del mundo. Es el insomnio de las noches, los sueños centrados en mi locura, tan insistente como placentera: una y otra vez el mundo gira y se centra en ti porque la perturbación mental es contagiosa y, cariño, por tu culpa ahora todo el mundo ríe.

Cuando los preliminares cesen y tú y yo dejemos de bailar separados, no dejaré que acabe jamás. Porque no valdría la pena descuidar nuestra demencia y caer en la amargura, cuando tan sencillo es amar y ser amado (¿no ves que nacimos para esto? El mundo avanza y avanza, pero eso nunca cambia. Somos un eslabón más de la cadena infinita que aquello que nunca jamás mutará.)

Por el momento estoy tirada en el campo de batalla, y después de tanta estocada siento que solo quiero quedarme aquí, respirando polvo y esperando a que me digas que me has vencido y que, por tanto, he ganado. Pero todavía no acaba y la refriega sigue y sigue y sigue, y aunque todavía no es hora de caer, siento que queda poco porque el tiempo se agota y las semanas pasan y te llevan consigo cada vez más y más lejos.

Y eso no puede permitirse. Así que me levanto, cojo mis armas y sigo luchando con los ojos cerrados, y es que me da miedo atacar…



Porque, como ya dije una vez, aquí herir a tu rival es como abrir un tajo en tu propio corazón.



lunes, 19 de mayo de 2014

La Batalla (I)

Me he vuelto blanda y pequeña como un torpe requiebro.

Te juro que nunca lo quise a pesar de toda la felicidad que parecía crear a su paso. Porque para mí, era una felicidad caduca, sellada y embotellada. Yo les miraba y pensaba que no podía ser, que no había compensación. Los misterios y el supuesto encanto de sus relaciones se ahogaban por esa forma tan burda de llevarlas. Es un juego. O lo creía.

Estaba todo claro entonces. El rol de observadora pasiva era muy cómodo y estaba más que asumido. Los corazones se alzaban, caían y volvían a resurgir, y jamás, jamás me tocaron ni salpicaron al desgarrarse sus almas desoladas, porque bien me cuidé de no pisar semejante campo de minas.

Pero un día alguien te agarra y te arrastra a la batalla, como queriendo asirse a quien aún no ha luchado para poder ampararse, y en cambio solo consigue matar tu impunidad y hacerte caer, destrozando la calma de tu ya pasada vida ordenada.

Ahora tengo miedo. Aquí, en el fragor del combate, los corazones palpitan raudos aún cuando hay un descanso y el enemigo se ha marchado. Aquí, en mitad de un terrible vacío mental, nadie piensa, solo alzan las espadas esperando poder hacer suyo al contradictorio rival.

Aquí las batallas son diferentes de las que se libran en las guerras convencionales. Donde yo estoy, cada uno tiene su propio enemigo, y herirlo es como abrir un tajo en tu propio corazón. Cuando se va, descansamos pero al mismo tiempo calumniamos su ausencia, porque deseamos que vuelva para lidiar con él hasta que se acabe el tiempo y conseguir su mirada, su espada, su abrazo mortal aunque sea, porque por su abrazo el mundo se para y el resto de combatientes envilecen sus pupilas de pura envidia, y pelean aún con más ardor, porque aquí el premio es el roce de su piel o una triste sonrisa desvaída que tal vez no implique nada. Pero aquí todo cuenta y todo se desea con afán obsesivo.

Y es que están todos locos. Nadie razona ni se calma jamás, todos luchan por el día y por la noche sueñan cada uno con el suyo, sin poder parar aun cuando el dolor les hace llorar.
Incluso cuando pasa el tiempo y el combatiente tarda en presentar batalla, el recuerdo de su presencia está siempre ahí, en mente, como un maldito runrún de fondo del que yo, como tantos otros, no puedo librarme jamás.

A veces alguien cae porque su contendiente se marchó ya aburrido e indiferente (como he dicho, esta guerra no es como las otras) y le dejó en medio del campo, sollozante y jadeando, implorando un regreso que no se producirá, con los brazos rotos de tanto sujetar una espada ya mellada, y el corazón doliente aquí, en el pecho, donde más se sienten las penas… y una lenta muerte del alma.



El resto le miramos y sentimos un miedo helado ahí, en el pecho antes citado, porque también tememos ser abandonados, o un mal día descubrir que en realidad jamás hubo batalla y que todo estuvo en nuestra imaginación, que nuestro rival no lo fue jamás y que durante todo ese tiempo estuvimos solos… lanzando estocadas al aire.



viernes, 2 de mayo de 2014

Me aburren

Me aburre su manera de hablar y de simplificarlo todo, me aburre su forma de pensar que pensar es aburrido y me aburren sus conversaciones selectivas, su manera de etiquetar lo que no es clasificable.

Me aburren sus ropas a la moda y la construcción inequívoca de sus almas fragmentadas por la simpleza en la que el mundo les quiere envolver. Y se dejan.

Me frustran con sus incongruencias y sus prejuicios camuflados bajo una capa de aceptación teórica, truncada cuando viene a suceder en la vida real.

Me duelen sus olvidos cuando la situación cambia y solo hay sitio para quien encaje con sus risas coreadas y sus miradas sombreadas.

Me aburren con sus andares de liderazgo adolescentes y mofas puntuales para promover la huida de su más que posible olvido social. Sus movimientos calculados, su indiferencia pensada de antemano, los perfiles en los que resguardan para moverse por el mundo con supuesta seguridad.

Me aburre su forma de vida, su forma de divertirse, su forma de ser rebeldes.


Quisiera estar con alguien ardiente, un intocable bajo pena de incendiarse en un infierno real, alguien que me haga sentir un peligro con sentido, del que vale la pena. El peligro que se siente cuando se lucha por unos ideales que exaltan las pasiones más profundas de tu ser y te hacen saltar y desear, y no el peligro vacío de los viernes, todos rutinarios, inútiles. Molestos e hirientes.

Un loco obsesivo de los intrincados sentimientos, de la comprensión hasta la última migaja del alma humana, un curioso incurable de la existencia.

Una inteligencia brillante, sensible, un músico centrado en sus dedos ágiles volando como pájaros sobre las aberturas del instrumento creador… un pintor cuyo pincel danza sobre el lienzo al compás de un ritmo violento. Un pensador silencioso e insistente, solitario y ceñudo, cabreado con el mundo y suave cuando me mire y se acerque y por él entonces tiemble lo que nunca antes temblé.

Un marginado desdeñado por gente como ellos. Porque a ellos les aburre, pero a mí me enciende.