Cómo quisiera poder callar en determinados momentos sin que nadie cuestionara el por qué de esa manera tan superficial y rastrera, como para hacer ver su interés en realidad ausente. Cómo quisiera poder rendirme sin más a la tentación que me supone el silencio imprevisto ante ciertas cuestiones y conversaciones. Pero no puedo, y es que vosotros no me dejáis. No debo, sin embargo, quejarme, porque yo haría lo mismo. Una lengua atada de manera inesperada destapa sospechas, preocupaciones, intereses ajenos, curiosidad sin satisfacer. En este gran juego en el que todos participamos, el hablar es imprescindible y depende de lo que cuentes y como lo cuentes la visión que otros tendrán de ti.
Así, el silencio te hace parecer raro y extraño al principio, luego aburrido, finalmente invisible.
Así de injustos son los pensamientos con los que juzga la humanidad, e innegable es que las etiquetas y san benitos se colocan por masas y en conjunto, por unanimidad contagiosa y frívola, por aletargamiento del entendimiento complejo y activación de la simplicidad odiosa.
Así, me voy amoldando a vuestros gustos e intereses para no quedarme sola, e invento intrincadas excusas para rellenar los huecos que supone mi muralla y que no decaiga a vuestros ojos (que necesitan ser satisfechos al instante, no entienden de esperas ni de la paciencia o el silencio que supone la sinceridad de algunas amistades, las verdaderas). Pero cómo cansa esta farsa continua, el control absoluto de los gestos y las miradas, la conversación siempre constante para que tu interlocutor no se aburra, la seguridad marchita como una pantalla de humo para encubrir la soledad.
Si me callara cuando lo deseara (mi personal silencio selectivo) acabaría volviéndome invisible a los ojos del mundo y a la gente se le olvidaría que alguna vez pasé por sus vidas, aunque fuera durante un gran lapso de tiempo y llegara a haber amistad. Las personas olvidan pronto y forjan nuevas alianzas de manera continua, desechando las anteriores si no tienen nada nuevo que ofrecerles.
Es como vivir en una mentira que te salva de la marginación y a la vez te recluye a ella.
Así, me voy amoldando a vuestros gustos e intereses para no quedarme sola, e invento intrincadas excusas para rellenar los huecos que supone mi muralla y que no decaiga a vuestros ojos (que necesitan ser satisfechos al instante, no entienden de esperas ni de la paciencia o el silencio que supone la sinceridad de algunas amistades, las verdaderas). Pero cómo cansa esta farsa continua, el control absoluto de los gestos y las miradas, la conversación siempre constante para que tu interlocutor no se aburra, la seguridad marchita como una pantalla de humo para encubrir la soledad.
Si me callara cuando lo deseara (mi personal silencio selectivo) acabaría volviéndome invisible a los ojos del mundo y a la gente se le olvidaría que alguna vez pasé por sus vidas, aunque fuera durante un gran lapso de tiempo y llegara a haber amistad. Las personas olvidan pronto y forjan nuevas alianzas de manera continua, desechando las anteriores si no tienen nada nuevo que ofrecerles.
Es como vivir en una mentira que te salva de la marginación y a la vez te recluye a ella.