sábado, 22 de febrero de 2014

El silencio selectivo

Cómo quisiera poder callar en determinados momentos sin que nadie cuestionara el por qué de esa manera tan superficial y rastrera, como para hacer ver su interés en realidad ausente. Cómo quisiera poder rendirme sin más a la tentación que me supone el silencio imprevisto ante ciertas cuestiones y conversaciones. Pero no puedo, y es que vosotros no me dejáis. No debo, sin embargo, quejarme, porque yo haría lo mismo. Una lengua atada de manera inesperada destapa sospechas, preocupaciones, intereses ajenos, curiosidad sin satisfacer. En este gran juego en el que todos participamos, el hablar es imprescindible y depende de lo que cuentes y como lo cuentes la visión que otros tendrán de ti. 

Así, el silencio te hace parecer raro y extraño al principio, luego aburrido, finalmente invisible.

Así de injustos son los pensamientos con los que juzga la humanidad, e innegable es que las etiquetas y san benitos se colocan por masas y en conjunto, por unanimidad contagiosa y frívola, por aletargamiento del entendimiento complejo y activación de la simplicidad odiosa.

Así, me voy amoldando a vuestros gustos e intereses para no quedarme sola, e invento intrincadas excusas para rellenar los huecos que supone mi muralla y que no decaiga a vuestros ojos (que necesitan ser satisfechos al instante, no entienden de esperas ni de la paciencia o el silencio que supone la sinceridad de algunas amistades, las verdaderas). Pero cómo cansa esta farsa continua, el control absoluto de los gestos y las miradas, la conversación siempre constante para que tu interlocutor no se aburra, la seguridad marchita como una pantalla de humo para encubrir la soledad.

Si me callara cuando lo deseara (mi personal silencio selectivo) acabaría volviéndome invisible a los ojos del mundo y a la gente se le olvidaría que alguna vez pasé por sus vidas, aunque fuera durante un gran lapso de tiempo y llegara a haber amistad. Las personas olvidan pronto y forjan nuevas alianzas de manera continua, desechando las anteriores si no tienen nada nuevo que ofrecerles.


Es como vivir en una mentira que te salva de la marginación y a la vez te recluye a ella.


sábado, 8 de febrero de 2014

Condenada a la ruina

Solo me recomendáis caminos ya trazados, esperanzas ya marchitas mucho antes de mi llegada. Siento como si todos mis deseos ya hubieran sido antes suspirados por otros, como si todos mis anhelos ya hubieran sido sopesados e intentados, como si mi vida fuera una mezcla de otras vidas ya de por sí revueltas anteriormente, como si mi existencia tuviera otras paralelas similares y tan infructuosas como la mía, como si mis ambiciones no fueran más que un relevo muy manoseado, una herencia menguante cuyo principal propietario se halla ya perdido en el polvo de los milenios.

Solo me habláis de metas ya alcanzadas, de caminos rápidos y seguros por donde caminar sin riesgo, de maletas grandes donde poder meter toda mi prescindible vida, de mecanismos fáciles que aletargan mis pasiones, de instrumentos fútiles para hacer sonar una banda sonora ya rayada e insoportable.

Me habláis de una continuidad aburrida y obvia, de una realidad soporífera y tentadora a partes iguales.

Me habláis de sendas pintorescas, de interminables colas para llegar a donde todo el mundo llega.

Me habláis de la impaciencia que todo el mundo siente por llegar a un mismo sitio, de la esperanza que el mundo deposita en unos procesos ya carcomidos.

Me habláis con entusiasmo de vuestro viejo puente mal construido. Me decís que yo también lo use. Que atraviese esos caminos, que alcance esas metas ya logradas, que sienta impaciencia por llegar a vuestras tristes salas de espera.

Me pedís que me muera habiendo hecho lo que otros muchos ya han hecho, que siga la estela de otros tantos millones de vivos sin sentido. Me pedís que me muera con una sonrisa en los labios, como si tuviera que sentirme orgullosa de algo.

¿De qué me sirve a mí haber hecho lo que otros ya consiguieron? ¿De qué me sirve alcanzar extremos ya experimentados, si nada de lo que yo diga aportará jamás nada novedoso?

¿Qué gano yo siguiendo los pasos inconclusos de un montón de almas en pena? ¿Qué gano dejándome llevar por lo que otros ya conocen? ¿Acaso destacaré así en algo? ¿Acaso habré conseguido algo? No. Nada.

Solo me habláis de otros. Queréis convertirme en otra persona que anteriormente existió (o quizás aún perviva), me centráis en unos ideales que otros en su momento elucubraron y que muchos siguieron por lo maravilloso de los mismos.

Pero no puedo. No quiero llegar a donde otros ya estuvieron, donde otros ya pisaron. El tiempo pasa y borra las huellas, pero ese terreno ya fue visto, allanado, olido y experimentado. No quiero ser recordada (u olvidada) por haber estado compuesta de retales mal cosidos.


Qué proposición tan ambiciosa. 


Estoy condenada a la ruina.


domingo, 2 de febrero de 2014

Sobre la seguridad que la mentira otorga

"No he querido saber, pero he sabido...". Así comienza "Corazón tan blanco", un libro de Javier Marías (uno de mis autores preferidos). No quiso, pero supo. Se le impuso por la fuerza (no física, sino tal vez moral o incluso visual, la fuerza del momento, la que resulta irremediable a todas luces). No tenía intención, pero se le contó. Y, a veces, pienso que se podría aplicar la fórmula contraria: no he querido contar, pero he contado...

Todos contamos demasiado, nos dejamos llevar por la embriaguez del momento, por la dulzura de saberse el centro de de una atención pasajera y poco aclamada (pero atención a fin de cuentas), de sentirse escuchado y percibir las ondas vibrantes de nuestra voz surcando una realidad en breve olvidada.

Lo damos todo por notar como el mundo se calla a nuestro alrededor para oírnos. Nuestro turno en los diálogos es usado hasta los extremos más desagradables, abusamos de él como si fuera a desaparecer y en ocasiones silenciamos el turno ajeno, lo anulamos o sería más exacto decir que lo relegamos, lo obviamos como si solo valiera el nuestro.

Nos puede el ansia por contarlo todo y demostrar que no estamos solos. Contar es una forma de ser escuchado, o por lo menos oído, y sentir que hay alguien al otro lado de nuestros versos sin rima y quizá sin sentido incluso. Contamos por contar y hablamos sin saber, olvidando luego lo que hemos dicho y enseguida volviendo a empezar nuestro caos vocal, nuestra insulsa charla sin ambición.

Y es que en realidad no nos importa lo que nos es contado, sino que entramos en una dinámica de poder y de atención, en la cual la forma de detallar lo que ningún interés tiene lo cambia todo, y quien queda fuera de ella queda fuera de todo, de las atenciones, de las miradas, de cualquier atractivo para el ojo ajeno. Nos volvemos invisibles si no hablamos o si lo hacemos poco, o si nuestra capacidad de ello se limita por el incontenible rubor, el rubor maldito que a todos nos ensombrece y nos margina, como perros apaleados sin capacidad de ladrar.


¡Pero es tan inútil! Jamás se cuenta absolutamente todo, sino que los detalles más ínfimos y a la vez más cautivadores quedan ocultos, incapaces de salir jamás a la luz de un día demasiado cruel y sobado por millones de personas tan solas como el resto. 

Estamos solos y eso no se olvida, nos viene grabado a fuego en la carne más recóndita, la carne del alma que con frecuencia es desgarrada, dejando gotear la sangre de un dolor incierto cuya permanencia y agudeza nos vuelve LOCOS.

Morimos solos aún rodeados de gente. No importa cuánto hayamos hablado con ellos, cuántas palabras hayamos intercambiado (serias, intensas o para salir del paso), el fondo único de nuestro ser nos bloquea como fieras enjauladas, impide el paso de nuestra alma hacia los confines de la seguridad. 

Somos únicos y por ello, estamos solos. Nadie desnuda jamás su ser, ¡nadie quema jamás las máscaras y las fachadas que nos protegen del desprecio ajeno! 

Nuestra hipocresía es un escudo, nuestras mentiras un resguardo, nuestras calumnias son momentos de respiro para nuestra vulnerabilidad.



Por muy hermoso que queramos que sea, jamás cumpliremos el poema de Pedro Salinas:

"...enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.

Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
<<Yo te quiero, soy yo>>"