viernes, 29 de julio de 2016

Nunca

Pocas cosas me persiguen más tenazmente que las llamadas obsesiones. Estoy aquí, intentando dejarme llevar por la vida que continúa, pero no consigo dejar atrás la visión inventada de un escenario que se repite en mi mente, tantas veces, de mil maneras, atrapándome en fascinantes variaciones. Pocas cosas, repito, son más agobiantes que la dulzura de un pensamiento que nos llena y que es drásticamente suplantado por la realidad que lo deshace. 

Estoy aquí, sola en una habitación sin posibilidad de contingencia alguna. Todo sigue las mismas pautas y yo caigo ante los ciclos, inamovibles e inflexibles. 

Ocurre entonces que cierro los ojos y, de repente, dejo de estar aquí: la ilusión mata la cama en la que duermo, mata las paredes que se inclinan cercando mi espacio y mata el innatismo voraz que no me permite respirar. Estoy, sin pensarlo demasiado, atravesando aquellos pasillos rodeada de mil miradas, y mi ropa es definitivamente otra, al igual que los sonidos y los vistazos furtivos, el vivo ambiente, mis pasos revestidos de convicción, y vosotros, sin excepción, estáis ahí observando. Porque sois la obsesión que me asalta cada vez que cierro los ojos, sois el empeño más escandalosamente hipotético que he tenido jamás, el ensueño menos certero de todos cuantos me han carcomido y el deseo más acuciante de aquellos que alguna vez me atizaron.

Pero no hay mayor amargura que la que se regodea en los anhelos improbables, así que es hora de asumir las verdades que me niegan mis ficciones: nunca volveré a pisar esos pasillos de la misma forma, jamás atravesaré de nuevo aquella puerta sintiéndome observada, ni me esperarán las mismas personas antes de separar temporalmente nuestros caminos (¡dulce temporalidad!), ni sentiré la maravillosa angustia de querer ser más solo para satisfacer las circunstancias. Nunca, jamás, en lo que me resta de vida, volveré a verles ni a sentir las diferentes formas de afecto que me inspiran (tan radicalmente dispares que son placenteras por puro contraste). 

No volveremos a hablar ni a cruzar impresiones, la ternura que me provocáis será borrada con el tiempo y volveremos a ser lo que éramos el primer día que nos vimos: unos extraños sin futuro que intercambian frases de cortesía en caso de improbable encuentro fortuito. Todas las ansias que engendráis mudarán a ser nada, angustioso olvido que no perdona ni a los apasionados afanes del querer, que tan devastadores fueron en su momento.

Nunca, nunca, jamás y de ningún modo, así que voy a tener que dejar de soñar, porque cada nuevo despertar es más insoportable, si cabe. 

miércoles, 6 de julio de 2016

Involución

La conocí hace un par de días. Tenía 4 meses y era el centro de un huracán de miradas babeantes, porque era pequeña e inocente, y todavía no había cometido ningún error (éstos sólo se cometen cuando tienes una conciencia que te permita arrepentirte de ellos), por lo que era con diferencia el ser más cándido de la habitación. Iba siendo sostenida de mano en mano, y parecía uno de esos papeles que cruzan toda una calle sin llegar a tocar nunca el suelo por acción del piadoso viento, que pareciera compadecerse de su fragilidad y se resistiera a dejar de mecerlo.

Era tan pequeña y tan vulnerable, tan contraria a mí, que, de repente, se me ocurrió que una vez yo también fui así de minúscula, observada de continuo por las mujeres de mi familia (tan chapadas a la antigua), pasando por los brazos de todos y reposando mis carnes de bebé en sus regazos anhelantes. Me imaginé súbitamente con otro cuerpo, mucho más pequeño y ni siquiera el mismo (pues vamos renovando la mayoría de las células continuamente, y por tanto nada de lo que fui entonces perdura ahora en mí). Una versión mucho más terrible de mí misma, una versión que agita las manitas sin querer asir nada en concreto, que balancea las piernas sin propósito certero, que ostenta un cuerpo aún sin desarrollar (nada que ver mis redondeces de entonces con mis redondeces de ahora). Una versión ingenua hasta el extremo, que no sabe ni intuye siquiera lo caótico y nefasto que se torna a veces el futuro, ni le importa esa manera innata que tiene la vida de entremezclarse con otras vidas, surcando relaciones como quien atraviesa un campo de espinos. Esa versión de mí misma llora, come y duerme sin importarle cómo de absurda sea la vida y, lo peor, está a merced de la educación que otros le dispensaron, otros que fueron educados de manera imperfecta (puesto que nadie es completo en virtudes) y de los cuales sólo pude heredar imperfección.

Lo que más miedo me da es verme a mí misma así, con las penurias aún por pasar, adulada y mimada entre brazos encandilados, a merced de la ignorancia de otros, la vulnerabilidad de mi cuerpo y el malicioso futuro que aguarda expectante. Exactamente igual que ella ahora, a sus 4 meses, y mis hijos, si los tuviera, y, en realidad, todos. Sin excepción.