Pocas cosas me persiguen más tenazmente que las llamadas obsesiones. Estoy aquí, intentando dejarme llevar por la vida que continúa, pero no consigo dejar atrás la visión inventada de un escenario que se repite en mi mente, tantas veces, de mil maneras, atrapándome en fascinantes variaciones. Pocas cosas, repito, son más agobiantes que la dulzura de un pensamiento que nos llena y que es drásticamente suplantado por la realidad que lo deshace.
Estoy aquí, sola en una habitación sin posibilidad de contingencia alguna. Todo sigue las mismas pautas y yo caigo ante los ciclos, inamovibles e inflexibles.
Ocurre entonces que cierro los ojos y, de repente, dejo de estar aquí: la ilusión mata la cama en la que duermo, mata las paredes que se inclinan cercando mi espacio y mata el innatismo voraz que no me permite respirar. Estoy, sin pensarlo demasiado, atravesando aquellos pasillos rodeada de mil miradas, y mi ropa es definitivamente otra, al igual que los sonidos y los vistazos furtivos, el vivo ambiente, mis pasos revestidos de convicción, y vosotros, sin excepción, estáis ahí observando. Porque sois la obsesión que me asalta cada vez que cierro los ojos, sois el empeño más escandalosamente hipotético que he tenido jamás, el ensueño menos certero de todos cuantos me han carcomido y el deseo más acuciante de aquellos que alguna vez me atizaron.
Pero no hay mayor amargura que la que se regodea en los anhelos improbables, así que es hora de asumir las verdades que me niegan mis ficciones: nunca volveré a pisar esos pasillos de la misma forma, jamás atravesaré de nuevo aquella puerta sintiéndome observada, ni me esperarán las mismas personas antes de separar temporalmente nuestros caminos (¡dulce temporalidad!), ni sentiré la maravillosa angustia de querer ser más solo para satisfacer las circunstancias. Nunca, jamás, en lo que me resta de vida, volveré a verles ni a sentir las diferentes formas de afecto que me inspiran (tan radicalmente dispares que son placenteras por puro contraste).
No volveremos a hablar ni a cruzar impresiones, la ternura que me provocáis será borrada con el tiempo y volveremos a ser lo que éramos el primer día que nos vimos: unos extraños sin futuro que intercambian frases de cortesía en caso de improbable encuentro fortuito. Todas las ansias que engendráis mudarán a ser nada, angustioso olvido que no perdona ni a los apasionados afanes del querer, que tan devastadores fueron en su momento.
Nunca, nunca, jamás y de ningún modo, así que voy a tener que dejar de soñar, porque cada nuevo despertar es más insoportable, si cabe.