domingo, 19 de junio de 2016

El cuerpo

El aspecto es un punto delicado en la vida. Pero no sólo el aspecto como la percepción sensorial que otros tienen de nosotros, sino el aspecto como cuerpo físico en el que sentimos todo, todo. El cuerpo como extensión o reflejo inmediato de los pensamientos, que quedan marcados a modo de extraños tatuajes singulares. El cuerpo como único espacio que realmente podemos controlar y que, sin embargo, sentimos en múltiples ocasiones como un ente extremadamente traicionero. 

Yo tengo una tensa relación con él, pues en cierto modo me siento dominada. A veces intuyo mi cuerpo como un recipiente ajeno a mí y que hace cosas que no debería, como deteriorarse cuando aún es joven o fallarme cuando confío en él (aunque, inconscientemente, siempre confío en él, por lo que los fallos son de ordinario imprevistos). A veces siento que algo en su distribución interna ha incurrido en equívoco, y entonces me asusto y le reprocho, desde mi mente encerrada en él, que sea tan poco eficiente. Otras veces acabo devaluándolo por cuestiones estéticas ya que, desde mi punto de vista excesivamente quisquilloso, las normas de la simetría y la proporción fueron claramente incumplidas en su desarrollo y eso me enerva. No tanto, entiéndase, por el impacto que eso pueda tener en mis relaciones sociales (pues a fin de cuentas todos somos más o menos imperfectos) sino por el placer personal que me produce la belleza en cualquiera de sus formas (la física y la mental, la global y la particular), y de la que encuentro deficitaria a mi pobre cuerpo. También me ocurre que a veces caigo en la cuenta de la complejidad mayúscula de sus circuitos, y cuando pienso en ello casi puedo sentir el movimiento de sus engranajes y el fluir de sus líquidos internos. También esto me asusta, pues sé de sobra que la complejidad conduce en ocasiones a grandes desgracias por pequeños lapsus, como en un castillo de naipes.

Concibo entonces mi cuerpo como un receptáculo algo falto de facilidades, o, más bien, como un vehículo no demasiado apto para explotar mis deseos, pero indudablemente necesario para la consecución de mis acciones y, por tanto, tan contradictorio con mis anhelos como yo con mis pensamientos. Al final todo en nosotros conduce al caos.



martes, 7 de junio de 2016

Dile

Está sufriendo y es un dolor sin nombre, mezcla difusa de emociones cercenadas. 

Dile por qué no puede desatar sus pasiones y arramblar los caminos con ellas. Dile por qué no puede liberar al aire estas ansias tan candentes, tan horribles, tan insistentes, tan contrarias. Que la están destrozando por dentro, te lo prometo por su alegría esquiva. Que son ansias de todo tipo y condición, de las intelectuales que clarifican su mente en los autobuses, de las concupiscentes que aparecen inclementes a deshoras (siempre, siempre a deshoras), de las sociales que bullen cuando todos miran y nadie entiende. Que se está muriendo así que dile, por el dios que nunca estuvo (declaración válida para todo dios), por qué no puede abandonarse a sus maravillosos impulsos y dile por qué se hunde en el más raso frío del pensamiento, tan racional y tan ecuánime en todo aspecto y situación (¡qué desquicio de persona, dios mío, cómo se puede ser tan vago en las pulsiones!). Y le dices por qué no puede salir y clamar que sus ojos le recuerdan las noches de verano, negras noches sin luna, orilla al mar salado (*), y que por qué no puede avanzar en sus inquietudes, y por qué tiene un témpano de hielo allá donde se emplaza el corazón. Y dile por qué sufre tanto cuando en apariencia nada le pasa. 

Y dile, ya que tanto sabes, por qué está anclada a ese innatismo voraz, pretérito, descascarillado y, en cambio, le resulta huidizo el irreflexivo y temerario presente.

Díselo, porque nada sabe y está sufriendo. Y es un dolor sin nombre.





(*) De Inventario Galante, Antonio Machado.