No sé muy bien por qué, pero lea lo que lea y pregunte a quien pregunte, el amor prima en la poesía y en las artes como señor indiscutible de los sentimientos plasmados. Bien. Debo entonces ser persona extraña o antipoética, pues no encuentro manera medianamente elegante de hablar sobre ello sin caer en ripios o azarosos circunloquios. Será que no me gusta demasiado meterme en semejante barrizal, del que es sin duda tan difícil hablar, demasiado caótico dentro de su propia simplicidad. La simplicidad, por cierto, es por tratarse de un sentimiento colectivo que a todos ha encontrado y por todos ha sido sufrido. Es decir, por todos entendido.
Supongo que me da pereza hablar de algo que ha sido tan comentado, o de alguna manera siento que no podría explicarme mejor de lo que lo hicieron los grandes poetas. Prefiero, por tanto, relegar mi cuestionable talento a temas menos tratados. Temas que, por otra parte, sufrirían la egocéntrica supremacía del amor una vez más si yo decidiera abandonarlos (pero no, hay tanto que hablar con respecto a la soledad, la frustración, la alegría, la no felicidad, la decepción, la amistad, las personas que no están).
Será que yo misma no tengo muy claro lo que es y rehuyo, cobarde, el tema. Puede ser. En cualquier caso no me da la gana de hablar de los sentimientos encontrados, la poesía de las miradas que se estancan la una en la otra. No sé, no puedo centrarme ahora en la dulzura anárquica de tus formas levemente vislumbradas ni en las insistentes ideas que bullen trazando curvas concupiscentes en mis pensamientos. Por no hablar del desasosiego a tiempo completo que amordaza mis acciones. No insistáis, pues repito que no es momento de enumerar los temblores a deshora ni las situaciones que mi imaginación disparada recrea ni el deseo constante de circunscribir tu vida a la mía.
Como veis, hoy no es día para hablar sobre el amor. Y punto.