Querido eco de la sombra de lo que fueron tus buenas horas:
Deberías callar para no volver a hablar. Cada instante que corrompes con tu más radiante patetismo nos ahoga. Esa estupidez pretendida que se convierte en una crueldad cansada, repetitiva, de la que haces gala en cada frase que, con estupidez categórica, lanzas al aire esperando que caiga sobre alguien y le haga reaccionar.
Nos unen las esposas de lo irremediable, pero no pienso en ti como en un desecho futuro. Te has ido empequeñeciendo con los años y el peso de los mismos ha ido simplificando tus acciones y palabras. Difícilmente encontrarás un mal mayor. Aferrarte a ideales marchitos para aparentar fuerza y seguridad, o tal vez regodearte en la tristeza o soledad ajenas: todo ello te ha perdido.
Y ahora solo eres el eco de la sombra de tu buen pasado.
Querido, siento lo que he dicho al principio. Callar y no abrir nunca más la boca es una frase cruel que no refleja mis verdaderos sentimientos. Tal vez callar y cerrar los ojos un tiempo, para entender sin ver ni escuchar nada más. Quisiera que así pusieras en perspectiva un entorno que va camino de quedarte grande.
Y cuando hagas eso vuelve a hablarme sin rodeos, por favor. Háblame con la sensatez que de ti se espera, y abre ojos, boca y oídos para no volver a caer en tu triste puerilidad que ahora impregna toda tu vida.
No quisiera que esto te lo tomaras mal. ¿Callar? Dirás, yo no puedo ni debo. El mundo precisa que les ilustre. Tú misma lo necesitas, reiterarás. Pero no es así. A quien necesito es a quien entienda la turbulencia de estos años malsanos y crueles, a quien no vea los fantasmas de una insolencia inexistente en la que te estancas. A quien reconozca su humildad y las virtudes ajenas, sin caer en comparaciones grotescas ni falsos deseos insatisfechos (que solo proclamas para ver las reacciones ajenas, como un niño enrabietado) que solo hacen daño y más daño. Mucho daño.
A mí me da igual cuanto tardes, siempre y cuando lo consigas. No te voy a juzgar porque soy capaz de ponerme en tu lugar, aunque no comparta tus pensamientos ni decisiones. Eso es la empatía.
Yo esperaré con paciencia infinita. Para que dejes de ser el eco de la sombra de una luminosidad pasada. Para retomar lo que realmente vale la pena.