Aquí estamos. Sin ese equilibrio necesario que nunca existió y que ahora se inclina hacia el otro lado, hacia el popularmente coherente y tan necesario como este lado de acá en el que yo me siento tan a gusto y que ahora es desechado y falseado, calumniado, mirado con prepotencia. Sí. Qué bellas las Letras, y qué inútiles ahora, las palabras, y los cuadros, la música y su sonido embriagador que te hace sollozar, y esas pinceladas carmesíes que hipnotizan al alma adecuada, y esas notas furiosas que estremecen los sentidos, y esas palabras que tocan el fondo del deseo y de la humanidad, de la rabia, y del odio y del horror.
¡Qué ciudades antiguas allá donde todo esto primaba por las calles y por las plazas repletas de poetas y de filósofos sabios, de pintores afamados y reclamados! ¡Qué envidiables aquellos paseos que nunca viví donde la búsqueda de la belleza era un sentimiento aceptado a la idiosincrasia humana!
Y ahora... ¿dónde están los escultores? ¿Dónde viven los pintores? ¿En qué guarida moran los filósofos, que solo cuatro o cinco son capaces de salir adelante y vivir por su virtud?
¡Cuántos jóvenes y letrados ansían seguir con su talento y con su pensar divino y portentoso, y es terrible la inmensa mayoría de ellos que acaba sumisa en una muchedumbre que trabaja para lo que no vale y no conoce, y repugna... por ese miedo innato de no tener con qué ganarse la vida!
Es atroz cómo somos enseñados. Se lucha por acabar siendo técnico en cualquier cosa, sin importar para qué sirve ni para qué se usará, preocupados por llevar un jornal a casa, cansados y aburridos, y sin saber (y sin importar, en el fondo) si con nuestro invento se matará o se destruirá, o si servirá para construir cualquier artilugio inmundo y chapucero, que se romperá a los cuatro días y que mientras tanto sepultará bajo piedras la posible curiosidad por el mundo de un niño. A saber. Estamos, digo yo, demasiado hartos y derrotados.
Tenemos miedo. Yo también. En mi caso, también siento asco. Este mundo nunca nos dará oportunidades. La ciencia se vuelve fría e inhumana cuando empieza a preguntarse: ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, se puede hacer. ¿Todo lo que se pueda se ha de hacer? ¿Quién establece los límites cuando se descontrola la frivolidad del hombre?
Y, sin embargo, toda esa emoción del hombre del laboratorio ante un descubrimiento inminente, no es más que esa virtud que siempre aparece de querer saber la verdad y de poseer y crear belleza, aunque no lo admita. Pero esa exaltación, créanlo o no, es la esperanza súbita y repentina de encontrarse ante otra oportunidad de encontrar la verdad de este mundo.
Y eso, sí, son humanidades.
Mientras tanto, mi vida queda relegada a las opciones de supervivencia. No te obligamos a nada, me dicen. Pero ten bien presente que si quieres vivir con desahogo, si quieres llevar una familia adelante sin que se hunda, si quieres estar tranquila, elige esto. Y luego añaden dulcemente: no es mala opción. Es bonito. ¡Mentira!
¿Estoy condenada a morir zarrapastrosa si elijo para mi futuro el entrar de lleno en el bando de los perdedores? ¡Parece ser que sí! Cada vez son menos los requeridos para ocupar las filas de los trabajadores del arte, cada vez prima menos, es una decadencia inevitable por haber roto el equilibrio fundamental, ahora nos estamos ahogando y yo quiero remontar las olas, pero no tengo fuerza, no la tengo yo sola y jamás seré escuchada, ni leída, ni tomada en consideración. Porque son muchos los que como yo creen poder salir adelante y de repente un muro insalvable de gente les dice -eso sí, con el cariño y la voz dulce de quien se rindió y dejó de luchar- déjalo, ven a vivir de rodillas con nosotros.
Porque es así: estamos viviendo de rodillas en vez de morir de pie.
Y esa decisión es dura y terrible porque no implica una muerte valerosa en el campo de batalla, sino una vida hundida y miserable.
Y (sobre todo) muchas, muchas miradas condescendientes.