No te vayas a pensar que estoy sentada esperando, ni aunque me percibas ausente mirándote hablar, la subida y la bajada de tus mandíbulas, tan continuas, tan bien formadas, tan como todas las demás. No creas que mirar alrededor ansiosa implica que me quiera ir, pero no quiero que el resto sepa que estoy aquí, porque siempre hay una razón para no querer que alguien sepa dónde estoy. No quisiera morir viendo tus ojos brillar porque no quiero que lo último que vea arder sea un ficción. Y para no morir debería, tal vez, abrir los ojos y dejar de imaginar, pero estás hablando y no querría interrumpir el hilo de lo que te entusiasma.
Y no tengo claro de qué manera podría el mundo volverse amargo si me deshago de tus vistas sobreexplotadas, marginadas y rescatadas, todo por mí a la vez, al compás de la ausencia. Y pienso que, a estas alturas del mundo, todo vuelve extrañamente a tus gustos, seas quien seas, si en algún momento te quise más que a los solitarios trayectos en metro, y si eso ocurrió entonces es suficiente para que me pregunte, perdida en la obsesión de que lo que desaparece, cómo podrías estar después de tanto tiempo.
Y es que vosotros ardéis y os consumís dejando humo asfixiante en mis horas, igual que yo ardo y me consumo en otras vidas, en otras donde el humo se disipa con mucha más facilidad. Pero mis pulmones se atan al gas como al último hálito de vida, sin ser capaces de ver más allá, matándose con la ausencia de figura, aferrándose al aire, y ya no queda nada.
Y me gustaría verte aunque sea al amparo del segundo, para asociarte a un fin y que puedas malinterpretar mi sonrisa, al igual que malinterpretarías estas palabras, para saciar lo que no compete a mi imaginación.