Hay una sensación que
me vuelve loca, un susurro distante que sacrifica mi sensatez. Un aullido yermo
que serpentea entre las llamas de mi necesidad. Lo yermo viene por lo desolado,
y las llamas refieren a mi caos. Mi caos no tiene un origen distinto al
vuestro, sólo se siente de manera diferente. Esto es inevitable porque no
contemplo otra cosa que arder cuando me encuentro bajo la presión de vuestra presencia,
pero indudablemente todos ardemos de formas diferentes. Habrá quien arda en sus
entrañas y contemple al mundo bostezar, ajeno al desastre. Los hay que vuelven
al mundo en su contra por dejar que las vísceras incendiarias arrasen
episódicamente momentos irrelevantes de otras vidas. Otros, como yo, nos
consumimos gritando en silencio y a veces gritamos de verdad, como un bramido
intermitente, y a ratos dejamos de ser y perdemos la consciencia, para
seguidamente abandonar el suplicio aparente y pasar al suplico sonriente,
siempre de manera interrumpida, irregular, confusa.
Así,
a modo de introito blasfemo, resultan mis sentidos explicados. Es blasfemo porque
condena lo sagrado de la norma, que tanto gusta a todos. La norma me resulta
opresiva en tanto que impone los horarios de mi vida, la dirección de mis
sentimientos, el abrazo a lo impertinente del disfrute de la humillación. No participo
de la visión unilateral de la falta de ambigüedad en las personas, prefiero verlas
como la multitud de decisiones precarias y dudosas que han constituido su día,
como las acciones de seguridad aparente que reflejan el contrario de su ética
más certera, llevadas a cabo por la indecisión, el miedo o la ignorancia.
De
este modo, en la blasfemia a la sacra inmutabilidad, me pierdo cuando hablamos,
tú y yo, aquel y yo, ese desconocido y yo, siempre nosotros, porque me resulta
inescrutable la variedad inmensa de posibles razones por las que miras, y eso
me pierde en un segundo, en menos incluso, en lo que tardas en mirar, porque
podrías estar mirando por demasiadas razones, por tantas que resulta complicado
de puro enrevesado.
Pero
el susurro distante sigue ahí y yo no quiero arder. La verdad es que todos los
caos, el mío y el vuestro (el tuyo), tienen el mismo origen, pero cada
uno lo organiza como mejor cree que le conviene, de ahí nuestras diferencias y
disputas. Habrá quien amontona los retazos discordantes de sus recuerdos y los
agolpa sin piedad, para que ocupen lo menos posible, esperando al momento en el
que revienten de puro agobio. Los hay que los dejan crecer, embestir el mundo
externo para rechazo del mundo que los recibe con asco y hastío. Otros, como
yo, los despedazamos y juntamos los retales, creando horrores nuevos, mejoradas
formas de disgusto, que a veces se calman en el desorden y otras resurgen
arañando las entrañas, agudizando el caos y la mentira, las acciones erradas,
los chillidos en las llamas.