Puedes dejar pasar minutos y horas, abandonándote a la búsqueda de aquello que te oculte, dejándote al declive de la estética programada, pero esa nunca será la solución. Quizás, tal vez, que quieras ocultarlo sea el verdadero problema. Puedes estar días varado ante un falso dilema de colores y formas, desfilando como payasos sin huesos ante la cama arrugada, y cuando acabes de decidir no habrás rellenado ningún vacío.
En realidad, solo buscas las formas de la tela para disimular las tuyas propias, tanto la falta como el exceso, o el punto adecuado (que en el fondo es siempre adecuado) que a tus ojos torna a falta o exceso. Porque en ellos siempre se verá reflejada la vergüenza impuesta por obligarnos a esconder lo que nos sustenta, la piel que nos envuelve, la actitud que no creemos tener: la belleza que nos obligan a ignorar.
Así, con el paso de los días nos habituamos a maquillar la variedad, haciéndola uniforme al gusto de nadie. Y tenemos a la piel recluida en nuestro propio silencio traidor, los recovecos de las curvas atrapados o engrandecidos en la ausencia de movilidad, como hastiados de nosotros mismos e impidiendo respirar a cualquier ángulo que pueda escaparse del esquema. Pareciera que queremos matar a nuestra piel y sustituirla con otra más sintética y colorida, más al gusto de aquellos que aman la uniformidad y el encubrimiento de lo que somos.
Pareciera, en verdad, que somos criados en un ambiente de repugnancia brutal, donde el cuerpo de otros nos ofende por la inercia generada por aquellos a los que primero vemos ofenderse.
Y resulta incómodo luego, en la soledad de la desnudez, quedarse a solas con lo que llevamos todo el día tratando de disfrazar, mirando a los ojos de la piel, tratando de fingir que no nos avergonzamos de él.