viernes, 13 de noviembre de 2015

Paz en la conciencia

                Ha llegado por fin. Surgida de un pasado tan remoto que ni siquiera puedo asegurar que existiera, aparecida como un milagro entre las nieblas de la ansiedad, mostrándose más íntegra y segura de lo que yo nunca llegué a serlo, serenando los ánimos al tiempo que avanza aplacando miradas exhaustas con su tierna actitud, ha llegado. Por fin.

                La paz en la conciencia, esquiva como un insecto nervioso, al acecho del movimiento sorpresivo, huidiza por tensiones rasgadas, débil como un ansioso estúpido, altivamente arrogante en sus casi nulas recompensas, ha llegado. Me ha llegado a mí, sorprendentemente.

                Esta paz no es plena, ni abarcadora de toda mi existencia ni hacedora de una felicidad inexistente, pero está. Está en forma de una realidad evasiva que esboza pinceladas en mi ánimo, de genio invisible que guía mis pasos cuando no hay nadie a mi lado (los guía sorteando hábilmente la melancolía), de belleza inopinada aparecida en el rincón más antiestético.

                Ha aparecido en forma de mar calmado que aplaca las tormentas del ánimo, las locuras del mirar y el momento, las transfusiones colectivas de desesperación y odio, tan comunes, tan mezquinas y tan naturales.

                Ha aparecido, y su mera presencia apacigua el ánimo y embellece las pasiones. Solo ella puede, ahora, dejarme disfrutar de las noches.

                Es esta paz la que ahora gozo y cultivo para que, sobre todo, nunca se le ocurra volver a huir y abandonarme en el cruel destierro de la angustia insomne.