Ha
llegado por fin. Surgida de un pasado tan remoto que ni siquiera puedo asegurar
que existiera, aparecida como un milagro entre las nieblas de la ansiedad,
mostrándose más íntegra y segura de lo que yo nunca llegué a serlo, serenando
los ánimos al tiempo que avanza aplacando miradas exhaustas con su tierna
actitud, ha llegado. Por fin.
La
paz en la conciencia, esquiva como un
insecto nervioso, al acecho del movimiento sorpresivo, huidiza por tensiones
rasgadas, débil como un ansioso estúpido, altivamente arrogante en sus casi
nulas recompensas, ha llegado. Me ha llegado a mí, sorprendentemente.
Esta
paz no es plena, ni abarcadora de toda mi existencia ni hacedora de una
felicidad inexistente, pero está. Está en forma de una realidad evasiva que
esboza pinceladas en mi ánimo, de genio invisible que guía mis pasos cuando no
hay nadie a mi lado (los guía sorteando hábilmente la melancolía), de belleza inopinada
aparecida en el rincón más antiestético.
Ha
aparecido en forma de mar calmado que aplaca las tormentas del ánimo, las
locuras del mirar y el momento, las transfusiones colectivas de desesperación y
odio, tan comunes, tan mezquinas y tan naturales.
Ha
aparecido, y su mera presencia apacigua el ánimo y embellece las pasiones. Solo
ella puede, ahora, dejarme disfrutar de las noches.
Es
esta paz la que ahora gozo y cultivo para que, sobre todo, nunca se le ocurra
volver a huir y abandonarme en el cruel destierro de la angustia insomne.