Si tan solo dejara de existir esa tensión, esa fuerza desquiciada que mantiene mi mente en vilo y no le deja descansar. Si tan solo alguien apareciera de entre los escombros de la sociedad y me ayudara a acallar las voces que no cesan, haciéndome sentir parte de algo útil, constructivo y ajeno a todo (o casi todo) lo hasta ahora vivido. Si tan solo alguien pudiera explicar lo que sucede y acallar mis dudas y catastróficas versiones internas, que a cada minuto que pasa crecen y se multiplican en el interior de mi cerebro consumido.
Si alguien pudiera explicarme cómo se ríe y se siente esa risa sin fingirla. Tan sencillo como el propio respirar, tan espontáneo parece resultarles a algunos (que retozan en esa risa y la alimentan y la crean como si nada fuera) y a mí me cuesta la vida y la sangre participar en ella, y cuando acontece me sorprendo yo misma y cesa entonces la risa de la propia sorpresa.
Si alguien pudiera venir y explicarme, amablemente, sin prisas, cómo se siente sin pensar y sin hacer daño a nadie (ni daño ajeno ni daño propio, todo cuenta y todo lo siento). O minimizarlo con la capacidad, para la mayoría innata al parecer, de la tierna sonrisa tranquilizadora, del progreso sistemático que cada relación conlleva, de la capacidad social que todos encarnan, que todos conocen y con las que todos nacieron. Menos yo.
Si tan solo alguien me hiciera el favor de tratar de entender que ni puedo ni me resulta fácil, y que la inestable y predecible estructura sobre la que se edifican las relaciones humanas (incluso las que deberían serme más fáciles y llevaderas) es terreno enemigo para mí, suelo traicionero del que no entiendo absolutamente nada y que me hostiga y juega conmigo de mala manera, mientras rehúso a caer completamente ante él. sería un alivio.
Desearía poder serme útil a mí misma.