miércoles, 27 de agosto de 2014

Simplismo

Todo lo que nos rodea nos hace relegar cualquier pensamiento más rebuscado, más profundo y más complejo para convencernos de que no vale la pena sacarlo a la luz ni hacerlo crecer en nuestras mentes. A medida que el tiempo pasa y el mundo "avanza" (nótese el sarcasmo) el simplismo se hace fuerte, afianzándose en territorios que jamás debió haber hollado.

En estos momentos, lo que más puede distinguir a una persona y hacerla conocida es la rotundidad (seca y lacónica, sin más) en sus palabras y la vehemencia con la que las dice. Sin argumentos y sin ninguna clase de razonamiento meditado y sensato, aceptamos sin tapujos las palabras de cualquiera que pise con fuerza en sus discursos. Creemos en ellos porque pensamos que esa contundencia es justificación suficiente, y que por tanto no necesitamos más investigación ni más palabras.

Lo que al público enaltece es aquello llamativo y escandaloso, lo que a mí me gusta llamar una personalidad fluorescente, de esas que dañan la mirada o, para ser más exactos, el discurrir del vasto pensamiento. 

La simplicidad nos atrae enormemente porque nos evita algo tan molesto como el pensar tranquilo y relajado (a estas alturas, la tranquilidad es sinónimo de aburrimiento y por tanto es tristemente despreciada por la sociedad). 

Lo que en el fondo quieren es que un orador estúpido, manipulador e innecesariamente categórico nos diga qué tenemos que hacer en cada momento, qué es lo políticamente correcto. Cómo nos tenemos que divertir. Cómo debemos vestirnos. Y a quién vilipendiar, rechazar y marginar. Y formar, al fin, una dictadura sin palabras, como un secreto a voces, donde debes cumplir una serie de normas para poder seguir el ritmo de otros catetos ignorantes que se recrean en la más disparatada superficialidad narcótica, que duerme sus pensamientos y amordaza las más sutiles y hermosas palabras que un alma pueda querer expresar.

Estamos olvidando la literatura.

Ya nadie quiere leer cómo en Cinco horas con Mario una viuda habla ella sola durante un libro entero con su difunto esposo, reprochándole comportamientos y luego cayendo en la desesperación más profunda. Tampoco les interesa El viejo y el mar, porque si les dices que el libro entero se lo pasa un viejo intentando cazar un pez, se reirán en tu cara. El principito les parecerá infantil. La escalofriante sociedad de Aldous Huxley en Un mundo feliz les aburrirá. Cien años de soledad les parecerá tremendamente absurdo. Con Shakespeare dirán: sí, muy bonito, pero mejor otro día.


Es terrible pensar cómo poco a poco nos van durmiendo, cayendo en un retroceso hacia nuestra mente primitiva. Aunque muchos tratan de escapar de esta abusiva y poderosa puerilidad (lo cual es increíblemente reconfortante), es muy fácil volver a caer, y seguir siendo peleles de un rebaño deprimente y multitudinario.



Os dejo unas líneas de Javier Marías, que he incluido en el gadget de Citas  del blog:

"Casi todos los avatares posibles de una existencia están contenidos en las novelas, casi todos los sentimientos en las poesías, casi todos los pensamientos en la filosofía. Nuestros primitivistas políticos tachan de inútiles estos saberes y hasta los destierran de la enseñanza. Y sin embargo constituyen el mejor aprendizaje de la vida, lo que nos permite "reconocer" a cada instante lo que nos está sucediendo y aquello por lo que atravesamos."




viernes, 15 de agosto de 2014

Todos los veranos

Nada ha sido como hubiera esperado que fuera. Como tantos otros, me baso en etapas de mi pasado para predecir las del futuro, y como todos, las endulzo ingenuamente con momentos no vividos, con flamantes utopías, con personas inexistentes. A veces me cuesta ponerles un rostro, porque aparecen otros en mi mente: de gente conocida, y que por ser conocida deja de ser ideal. Por eso les dejo partir y les olvido, y las caras se borran y en mi imaginación solo siento sus espaldas, su piel, su presencia.

Nadie quiere un futuro imperfecto.

Ni tampoco ver cómo se desmoronan sus ideales.

Las historias se repiten, y mientras los demás se rebelan (está en su naturaleza) contra las normas más cercanas, las de siempre, las que se repiten por milenios (el hijo contra los padres, la eterna y pesada etapa de pruebas) yo me canso y veo la globalidad de sus acciones: me rebelo contra todos (está en mi naturaleza) porque su clásica rebeldía es una forma de sumisión, aunque no lo vean ni lo intuyan apenas. Caen ante los ciclos.

Todos los veranos me busco fantasías que no comulgan con las fantasías de los demás: eternas victorias que valgan la pena, luchas necesarias, una locura incierta que confirme mis sospechas de que algún efímero momento y algunas causas puedan valer un poco la pena y puedan hacerme sentir satisfecha, como nada jamás lo consiguió. 

Todos los veranos se piensa: algo va a cambiar, algo dará la vuelta y yo habré cambiado de lugar, habré bailado por los aires cambiando las tornas, estrechando lazos, mudando expresiones.

Todos los veranos me duermo buscando algo más, mientras las horas pasan y el sueño me vence inconteniblemente, mientras estrecho las sábanas entre mis manos, sintiendo la tela mientras imagino que es otra tela, en otro lugar, algún sitio cálido y abrumador, activo, necesario, salvaje y verdadero.

Todos los veranos me duermo y luego me despierto sin haber cambiado nada: las noches son bellas pero siempre siguen las mismas pautas, el cielo es bello, pero obedece siempre a los mismos ciclos. Las personas nacen bellas pero siempre se corrompen.

Y yo jamás puedo cambiar nada.