Todo lo que nos rodea nos hace relegar cualquier pensamiento más rebuscado, más profundo y más complejo para convencernos de que no vale la pena sacarlo a la luz ni hacerlo crecer en nuestras mentes. A medida que el tiempo pasa y el mundo "avanza" (nótese el sarcasmo) el simplismo se hace fuerte, afianzándose en territorios que jamás debió haber hollado.
En estos momentos, lo que más puede distinguir a una persona y hacerla conocida es la rotundidad (seca y lacónica, sin más) en sus palabras y la vehemencia con la que las dice. Sin argumentos y sin ninguna clase de razonamiento meditado y sensato, aceptamos sin tapujos las palabras de cualquiera que pise con fuerza en sus discursos. Creemos en ellos porque pensamos que esa contundencia es justificación suficiente, y que por tanto no necesitamos más investigación ni más palabras.
Lo que al público enaltece es aquello llamativo y escandaloso, lo que a mí me gusta llamar una personalidad fluorescente, de esas que dañan la mirada o, para ser más exactos, el discurrir del vasto pensamiento.
La simplicidad nos atrae enormemente porque nos evita algo tan molesto como el pensar tranquilo y relajado (a estas alturas, la tranquilidad es sinónimo de aburrimiento y por tanto es tristemente despreciada por la sociedad).
Lo que en el fondo quieren es que un orador estúpido, manipulador e innecesariamente categórico nos diga qué tenemos que hacer en cada momento, qué es lo políticamente correcto. Cómo nos tenemos que divertir. Cómo debemos vestirnos. Y a quién vilipendiar, rechazar y marginar. Y formar, al fin, una dictadura sin palabras, como un secreto a voces, donde debes cumplir una serie de normas para poder seguir el ritmo de otros catetos ignorantes que se recrean en la más disparatada superficialidad narcótica, que duerme sus pensamientos y amordaza las más sutiles y hermosas palabras que un alma pueda querer expresar.
Estamos olvidando la literatura.
Ya nadie quiere leer cómo en Cinco horas con Mario una viuda habla ella sola durante un libro entero con su difunto esposo, reprochándole comportamientos y luego cayendo en la desesperación más profunda. Tampoco les interesa El viejo y el mar, porque si les dices que el libro entero se lo pasa un viejo intentando cazar un pez, se reirán en tu cara. El principito les parecerá infantil. La escalofriante sociedad de Aldous Huxley en Un mundo feliz les aburrirá. Cien años de soledad les parecerá tremendamente absurdo. Con Shakespeare dirán: sí, muy bonito, pero mejor otro día.
Es terrible pensar cómo poco a poco nos van durmiendo, cayendo en un retroceso hacia nuestra mente primitiva. Aunque muchos tratan de escapar de esta abusiva y poderosa puerilidad (lo cual es increíblemente reconfortante), es muy fácil volver a caer, y seguir siendo peleles de un rebaño deprimente y multitudinario.
Os dejo unas líneas de Javier Marías, que he incluido en el gadget de Citas del blog: