Había leído muchas cosas en muchos libros, libros devorados y consumidos por un hambre tremebunda. Pero el filtro que distinguía la utopías literarias de lo que puede ser real hacía tiempo que se había rasgado, y ahora todo entraba en su mente y se mezclaba, se revolvía como miles de agujas en miles de pajares. Había leído cosas preciosas sobre la amistad, y sabía de historias que narraban aventuras trepidantes o simples conversaciones a la luz de una hoguera... historias en las que las personas juraban su amistad y la sellaban con sonrisas y promesas de las de verdad, de las que se cumplen y se llevan en el corazón en todo momento, como una presencia constante.
Había leído historias de personas cuya vida era terrible, pero que contaban con el apoyo de una mirada atenta, un pensamiento preocupado, unas manos entrelazadas. Había leído cosas muy bellas susurradas al oído y canciones muy lentas bailadas al amanecer...
Había leído fantásticos ideales en los que nada importa salvo el amor y la amistad, dichos por personas que encaran el mundo con valentía. Personas que nunca están solas y que, cuando lo están, demuestran una fortaleza que te hace admirarlos. Pero, al final, siempre encuentran a alguien al final del camino. Un amigo. Un final feliz.
Pero el otro día, perdida entre las calles mugrientas de una ciudad que la rechazaba, andando sola sabiendo que nadie la esperaba, descubrió que todo eso era mentira, que en estas historias se miente y se inventa para no enfrentarse a la dura realidad que aguarda agazapada cruelmente tras las páginas.
El otro día descubrió que en la vida real las melenas no ondean al viento cinematográficamente, que el rubor no cubre románticamente las mejillas de una chica dulce y encantadora mientras sus ojos desprenden un brillo inocente y que unas miradas cruzadas por azar no dan lugar a un tortuoso amor imposible que abrasa por dentro con su fuego a quien se enamoró.
No.
Lo que pasa es que te despeinas, que la timidez provoca que todo el mundo pase de ti y que unas miradas cruzadas por azar... no son más que eso, miradas olvidadas al segundo.
Seamos realistas. La soledad embarga a más de uno y es un dolor invisible al que nadie presta atención. Ella lo sabe porque ya no cuenta con nadie y, a pesar de todo, no se deprime, no llora.
Ella sencillamente se resigna porque sabe que no puede obligar a nadie a quererla.
Pero a pesar de su aceptación, la tristeza nunca da tregua.