domingo, 15 de diciembre de 2013

Saber bailar

No puedo seguir así, reniego de ello, de seguir en el mundo como un espectador pasivo y calculador, reticente, callado, superfluo y prescindible. Ya no hay vuelta atrás, es una amenaza a mis propias formas, mis maneras y mis rutinas; una amenaza a punta de pistola –cargada y peligrosa, el cañón me apunta y ya no puedo arrepentirme–. No funciona así, ya no, vivir de lo vivido y sacar el jugo hasta el tuétano, vivir ya de las sobras y de los recuerdos condescendientes, usados y raídos ya hasta el exceso: hay que reinventar nuestras memorias y hacer revivir la carne, volver a excitar cualquier rincón de nuestra mente y agotar hasta el cansancio para no tener ya fuerzas para protestar por nada. Y que aún me quede la baza de poder hacerlo, esta vez ya con legitimidad.

Hay que hacerse imprescindible a las almas ajenas: solo así te recordarán. Hay que influir en sus miradas, volverlos hacia la tuya, hacerles tus amigos, romperles la coraza, hundirles el puñal hasta el corazón, hasta los recovecos más invisibles, hacerse necesaria, deseada, ansiada. 

Ya no se puede seguir así. No toleraré más las sombras, las preferencias, las confianzas extintas. No toleraré los cambios imprevistos, la burbuja inexorable de siempre, la neblina de mis horas pasadas, la huella infame de la soledad marchita, las risas cortadas en seco, las maravillas ya tristes de un silencio prolongado en exceso.

Todo ha cambiado. Hay un antes y un después. 

Quiero saber y no puedo, por relegarme a un mundo voraz y loco por el quiebro de mi vida. Vamos a girar el mundo, mi mundo, vamos a romperlo y volverlo a juntar, qué narices, y luego remodelarlo a mi gusto, a mi antojo arbitrario, qué más dará. ¡No quedará peor de lo que ya está! Se acabaron los tiros fútiles, a partir de ahora tiro a matar: el mundo entero es mi enemigo y difícilmente habrá quien encuentre un hueco para socavar la armadura.


Y ahora mírame a los ojos, maldita cabeza vacía, hueca, retrasada. Tú y tu egocentrismo soez, vulgar, gritón. Tú y tus risas agudas, tus chillidos de pajarraco cabreado. Tú y todo lo tuyo os vais a ir al infierno de los méritos fáciles y las amistades podridas.

Y ahora... solo hay que saber bailar.

(Así es. Habrá mil maneras, pero todo se reduce a esto).