Me han dicho tantas cosas y he
hablado tanto, que solo de pensar en todo lo que me queda por comentar, por
discutir, defender, departir, escuchar, aconsejar e incluso lisonjear y
amenazar a quien fuera pertinente me canso ya de antemano y quisiera dormir
hasta saltar toda mi vida futura como en un rápido y abrumador sueño
exasperante cuyo único fin es depositarme ante las laboriosas puertas de la
muerte.
Me frustro, sin embargo, aún
sabiendo que tanto vericueto y tanta andanza inútil son necesarios para llegar
a algún lugar más allá de lo cognoscible, o simplemente para abandonar este
mundo –malcriado y mal aprovechado– lo cual ya de por sí podría resultar premio
suficiente para tanto sufrimiento fútil e incansable, ridículo y mezquino.
Por eso me da por pensar en lo
joven que soy y en tanto como me queda por vivir –dando por hecho, aunque no
tendría por qué, que no fuera a atropellarme mañana un autobús despistado o (ya
ves tú qué diferencia) un meteorito malparado– y en base a estas cavilaciones me
consumo de impaciencia sabiendo que mi vida no será muy distinta que la de
cualquier otra persona –viva dónde y cómo viva, es indiferente, todos callan y
todos sufren: los pueriles, los ignorantes, los simples y más aún los más
pensativos, callados y cultivados–.
Voy a vivir tantas desilusiones,
desamparos, decepciones, alegrías y arrebatos como el más común de los
mortales, y lo máximo a lo que yo o cualquiera podremos aspirar jamás será a
conseguir algún logro lo suficientemente significativo como para que se nos
recuerde durante un tiempo –es como comprar un aplazamiento en la memoria del
mundo, un poco de tiempo más para perdurar–, y luego –sin duda– morir entre las
ruinas de un olvido ilustre pero tan constante como otro menos selecto pero
igualmente eficaz.
Es la vida, el mundo, nosotros, conceptos tan inexorablemente absurdos. ¡Ninguno sirve para nada! El final no es más que el mismo círculo vicioso de siempre. Pero ya cansa.
Miro todo el camino que me queda por recorrer, y quisiera sentarme en un lado del camino... y allí quedarme. Sin más.
Tal vez no sea más que pereza vital.