martes, 27 de agosto de 2013

Pereza vital

Me han dicho tantas cosas y he hablado tanto, que solo de pensar en todo lo que me queda por comentar, por discutir, defender, departir, escuchar, aconsejar e incluso lisonjear y amenazar a quien fuera pertinente me canso ya de antemano y quisiera dormir hasta saltar toda mi vida futura como en un rápido y abrumador sueño exasperante cuyo único fin es depositarme ante las laboriosas puertas de la muerte.

Me frustro, sin embargo, aún sabiendo que tanto vericueto y tanta andanza inútil son necesarios para llegar a algún lugar más allá de lo cognoscible, o simplemente para abandonar este mundo –malcriado y mal aprovechado– lo cual ya de por sí podría resultar premio suficiente para tanto sufrimiento fútil e incansable, ridículo y mezquino.

Por eso me da por pensar en lo joven que soy y en tanto como me queda por vivir –dando por hecho, aunque no tendría por qué, que no fuera a atropellarme mañana un autobús despistado o (ya ves tú qué diferencia) un meteorito malparado– y en base a estas cavilaciones me consumo de impaciencia sabiendo que mi vida no será muy distinta que la de cualquier otra persona –viva dónde y cómo viva, es indiferente, todos callan y todos sufren: los pueriles, los ignorantes, los simples y más aún los más pensativos, callados y cultivados–.


Voy a vivir tantas desilusiones, desamparos, decepciones, alegrías y arrebatos como el más común de los mortales, y lo máximo a lo que yo o cualquiera podremos aspirar jamás será a conseguir algún logro lo suficientemente significativo como para que se nos recuerde durante un tiempo –es como comprar un aplazamiento en la memoria del mundo, un poco de tiempo más para perdurar–, y luego –sin duda– morir entre las ruinas de un olvido ilustre pero tan constante como otro menos selecto pero igualmente eficaz. 


Es la vida, el mundo, nosotros, conceptos tan inexorablemente absurdos. ¡Ninguno sirve para nada! El final no es más que el mismo círculo vicioso de siempre. Pero ya cansa. 

Miro todo el camino que me queda por recorrer, y quisiera sentarme en un lado del camino... y allí quedarme. Sin más. 


Tal vez no sea más que pereza vital.



lunes, 5 de agosto de 2013

Lo siento y gracias, profesor

Lo siento y gracias. Más no sé decir, o no puedo, o resultaría excesivo y me iría por las ramas, como siempre. No puedo, en cambio, quedarme aquí en una frase y cuatro palabras por muy auténtico que fuera su significado (que lo es), porque aquí hablamos, precisamente, de la literatura y el valor de lo escrito y hasta cuán lejos puede llegar ese valor sin ayuda, él solo y desdeñando todo aquello que lo retiene, que lo araña y lo desgarra. 

Así pues, hablemos. Expliquemos. Y vayámonos por las ramas en la explicación de lo inexplicable.

Lo siento va más allá de una simple fórmula de cortesía: yo lo siento de verdad, en el sentido exacto y conciso de la frase (con su sujeto omitido respectivo y un entrañable complemento indirecto -¿o tal vez es directo? Apostaré a que es indirecto, mas si fallo tampoco sería ninguna sorpresa-) porque más allá de una presencia puntual cuando se requiriera en el horario, era usted alguien distinto, un profesor que se salía del carril, por decirlo así, pero también deseaba salirse de ese carril. ¿Cómo explicarlo? Deseaba usted ser un recuerdo sobresaliente en nuestras mentes futuras, provocado por sus rarezas y virtudes salidas del estereotipo. Le comprendo muy bien. Había de haber, seguro, mucha soledad allá por sus pensamientos, pero una soledad resignada, como asumida por una vida elegida de palabras reivindicadas de cara a quien no entendía o simplemente no sabía. 

También explicaré el gracias, ya sin verbos ni complementos, por la poesía y por los libros, y por tantas palabras con sentido, acertadas donde las haya, por tantas rimas y tantísimos versos que conmovieron mi alma con metáforas extraordinarias y frases geniales... La Sonatina de Rubén Darío (con ella aprendí a leer), podría haberla leído miles de veces, fascinada por todo aquel cúmulo de letras tan genialmente dispuestas. Siempre me supe de memoria aquel precioso poema. Desde niña. 

Así que sí, profesor, recordaré aquellas clases probablemente como pocas. ¿La razón? Una mezcla de actitudes, de discursos, de poemas. 

Muchas gracias (creo que usted fue el único que dijo: si te gusta, hazlo, es tu futuro. Y eso no se olvida. Aunque probablemente no lo vaya a hacer.)