miércoles, 1 de agosto de 2012

Y para qué

Y todo está ahí, ¿sabes? le dijo la maestra al niño, todo está ahí, en ese libro de tapas de colores tan fácil, tan bonito. Tan simple. Lo sumas y lo restas, y abajo pones tu nombre y si te apetece pintas esa flor tan bonita de color rosa. Pero todo está ahí en ese librito, los mapas, las matemáticas y la lengua. ¿Quieres aprender? Pues ahí lo tienes. Todo para ti.


... ¿Cuánto tiempo pasó desde eso?...


Y ahora esas peleas de mala muerte,  que al día siguiente no son más que esbozos de la nada, y ese café que te deja la lengua áspera. Y para qué, si no te gusta, si no es lo tuyo, si lo repeles. ¿Camiseta ancha, ajustada, larga, corta? ¿Cuál de ellas impresionará al personal? Si le añado un cigarrillo atracado entre unos labios escarlatas, como de sangre y dolor, tal vez consiga sus miradas. Tal vez. Y es que se ahoga entre la presión, que no hay sangre sin lágrimas, que ellos están ahí, tras las botas de tacón de aguja y las motos destrangis en la noche. 

Qué grotesco el maquillaje, a raudales corriendo por las mejillas, sobre los párpados, y no es sutil como una hoja, sino cruel y estrambótico. Manchas de sangre en un rostro originalmente bonito, delicado, hermoso. 

Y el espejo ante ella,  y al final quién le dice su belleza, quién le reserva una caricia, quién le enseña a salir a la calle con esa falda sobre los muslos, cohibida y segura a la vez, pensando que levanta expectación. Y tal vez lo hace. Y qué horror, qué enorme falta de dignidad, tanta gente, tanto sudor sobre la carne al descubierto, la morena y sudada piel una sobre las otras, todas juntas al compás de una música que no merece llamarse así.

Y qué, qué más da, piensa ella, qué más da si se apaga una estrella. Porque las estrellas están ahí, y de todas formas qué más da, qué importa si una se apaga, qué importa, si habrá otras cientos de ellas ahí esperando su turno a que alguna divinidad apague ese interruptor que les da la luz. Y qué más da esa flor entre el asfalto, si total no ayuda a nadie. 

Y todo eso lo piensa ella, piensa "qué más da todo", enfundada en un bonito abrigo de plumas negro, o una camiseta de tirantes azul celeste, sobre unas botas negras de tacón que cortan la respiración. Se relame los labios, esa lengua redondeada y sonrosada, tan natural como respirar, sobre sus labios de sangre, descoloridos por los besos y la noche, artificiales y chillones, una alucinación desagradable a la vista. Yo vivo, la noche es mía, soy la reina, tengo amigos y...

Y se derrumba.

Porque no tiene nada, y esas noches de cigarros bajo las luces de neón, los cafés intempestivos, la boca inundada de besos sin sentido, las risas delante de los parkings, borrachos de algún néctar defectuoso a más no poder... no eran más que ilusiones.

Se derrumba sobre las baldosas, ese granito usual y endurecido, que le aguarda como si ya supiera lo que iba a ocurrir. Ahora lo entiende, lo asimila, se juzga a sí misma, se entiende. No era nadie, un títere, un muñeco de colores chillones que enseñaba los muslos, que se odiaba cada vez más mientras que trataba de guardar las apariencias, que para ella lo eran todo. Mira, ¿ves?, se dice a sí misma con el rostro contra el suelo maloliente, aquí tienes lo que te esperaba desde hacía siglos: una caída, un golpe en la cabeza y el retorno a la dura realidad.

Eres tan bonita, se asombra a sí misma, un pájaro que aún no ha aprendido a volar, que se desvive por el alimento, chillando y alborotando, aunque tenga la comida al alcance de la mano. Podría llegar tan lejos, ella y sus energías, pero las ha desperdiciado en las noches de locura, y en esas lágrimas caídas en la almohada cuando no se sentía satisfecha, porque todo en su vida era igual, una locura insípida. Los cigarrillos sabían todos igual, y esos besos sin amor no eran más que un roce de labios sin significado.

Tantas palabras derrochadas...


¿Quieres aprender, verdad? Hay distintas formas de hacerlo. Derróchalo todo, núblate la vista de drogas, embota tus sentidos y vuélvete sordo a los ruegos ajenos. Cae entonces sobre la calle, humillado sobre el frío y sucio suelo, siéntete a su nivel sabiendo lo que has sido y lo que eres, date cuenta de todo lo que has hecho, júzgate y entiéndete a ti mismo, hundido en una dignidad inexistente.

Todo está ahí. Y entonces ya lo has aprendido.